No hablamos sin más de “ayudar a los pobres” sino de aceptar nuestra
pobreza o iniciar un
camino que nos haga pobres.
Año 2.018
(Octubre - Diciembre)
IGLESIA POBRE CON LOS POBRES
"No tengo oro ni plata; pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar... " (Hch 3,6)
Al
programar este número de nuestro BOLETÍN pensamos en presentar el
misterio de la Iglesia subrayando dos aspectos insoslayables de su
propia identidad y misión como son su identidad en total abandono en
las manos de Dios («No llevéis para el camino ni bastón ni alforjas, ni
pan ni dinero, ni tengáis dos túnicas» Lc 9,3) al tiempo que su
presencia pobre en medio de los pobres («No tengo oro ni plata; pero te
doy lo que tengo» Act 3,6). La vuelta al Evangelio supone, sin duda,
una revolución interior, que cambia nuestra manera de pensar y sentir
al tiempo que nos sitúa inevitablemente en mirar la vida desde abajo
con los sentimientos y esperanzas de los más pobres. Mucho se ha
hablado de que el cristiano “ha de hacerse pobre” y el camino de
abajamiento no es otro que hacerse pobre, vivir pobremente y compartir
la vida con los que no tienen, no saben y no pueden. Se deduce que aquí
no hablamos sin más de “ayudar a los pobres” sino de aceptar nuestra
pobreza, en caso de que estemos socialmente en este lugar, o iniciar un
camino que nos haga pobres.
Jacques Loew definía al pobre en el retiro que predicó en su día a Pablo VI y la Curia vaticana como «el que siempre escucha y su voz no es escuchada jamás». De esa pobreza, que se acerca al enfoque lucano, es la que queremos tener presente aun a sabiendas de las lagunas que impone una publicación impresa. Nos ayuda a comprender nuestra intención el Papa Francisco que el pasado 6 de julio de 2.018, una vez más, con motivo del quinto aniversario de su visita a la isla de Lampedusa habló de la cultura del descarte que aplasta a pobres y migrantes: «¡Cuántos pobres son hoy aplastados! ¡Cuántos pequeños resultan exterminados! Son todos víctimas de esa cultura del descarte que en cada vez se denuncia más». El Papa prosiguió diciendo: «Hace cinco años, recordando a las víctimas de los naufragios, durante mi visita a Lampedusa, me hice eco de este permanente llamado a la responsabilidad humana: ‘¿Dónde está tu hermano? La voz de su sangre llega hasta mí’, dice el Señor Dios».
Francisco explicó que «no se trata de una pregunta que se les plantee a otros: es una pregunta que se me hace a mí, a cada uno de nosotros». En realidad, matizó el Papa, «debería hablar de muchos silencios: el silencio del sentido común, el silencio del “siempre se ha hecho así”, el silencio del “nosotros” siempre contrapuesto al “vosotros”. Sobre todo, el Señor necesita de nuestros corazones para manifestar el amor misericordioso de Dios por los últimos, los rechazados, los abandonados, los marginados».
Jacques Loew definía al pobre en el retiro que predicó en su día a Pablo VI y la Curia vaticana como «el que siempre escucha y su voz no es escuchada jamás». De esa pobreza, que se acerca al enfoque lucano, es la que queremos tener presente aun a sabiendas de las lagunas que impone una publicación impresa. Nos ayuda a comprender nuestra intención el Papa Francisco que el pasado 6 de julio de 2.018, una vez más, con motivo del quinto aniversario de su visita a la isla de Lampedusa habló de la cultura del descarte que aplasta a pobres y migrantes: «¡Cuántos pobres son hoy aplastados! ¡Cuántos pequeños resultan exterminados! Son todos víctimas de esa cultura del descarte que en cada vez se denuncia más». El Papa prosiguió diciendo: «Hace cinco años, recordando a las víctimas de los naufragios, durante mi visita a Lampedusa, me hice eco de este permanente llamado a la responsabilidad humana: ‘¿Dónde está tu hermano? La voz de su sangre llega hasta mí’, dice el Señor Dios».
Francisco explicó que «no se trata de una pregunta que se les plantee a otros: es una pregunta que se me hace a mí, a cada uno de nosotros». En realidad, matizó el Papa, «debería hablar de muchos silencios: el silencio del sentido común, el silencio del “siempre se ha hecho así”, el silencio del “nosotros” siempre contrapuesto al “vosotros”. Sobre todo, el Señor necesita de nuestros corazones para manifestar el amor misericordioso de Dios por los últimos, los rechazados, los abandonados, los marginados».
