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Mi testimonio con tres símbolos: palabra, casa, pan

Mons. Ángel Garachana
La cena tiene tres símbolos fundamentales: La Palabra de los comensales, la Casa donde se cena, y el Pan (el alimento) que se come. Con estos tres símbolos quiero testimoniarles cómo entiendo, cómo vivo y cómo deseo vivir el ministerio epis copal que se me ha confiado.
Leer el artículo publicado en el Boletín Iesus Caritas 180:

Comunidades de oración en tierras del Islam

Mons. Claude Rault
Sentido de esta presencia
Empezaré por una anécdota reciente: En Roma la


a
gencia FIDES me preguntó en qué consistía nuestra convivencia con los musulmanes en la diócesis del Sahara y yo resumí mi respuesta entorno a dos polos:
  • Una presencia , digamos "activa", más "apostólica", en medio de ese pueblo, a través de diferentes compromisos tanto en el ámbito cultural, o en las acciones llamadas "caritativas". 
  • Y una presencia más gratuita y de adoración bajo la forma de comunidades y de fraternidades de oración que viven en estrecha relación con la población musulmana que las rodea.
Cuando en 1970 llegué a Argelia por primera vez, comprobé que la  prioridad de la mayoría de las comunidades religiosas o parroquiales estaba  marcada por la urgencia del desarrollo, lo cual era muy comprensible en un país que acababa de acceder a la independencia. También sentía paralelamente que las comunidades musulmanas expresaban una fe sencilla, popular, enraizada en los actos concretos de la vida. En ellos era natural la dimensión religiosa y orante en lo cotidiano.

Por parte de la Iglesia, en aquel momento, el movimiento de secularización que agitaba las comunidades cristianas de Europa había atravesado el Mediterráneo e incluso yo mismo estaba muy marcado por él. 
Como muchos otros, estaba más preocupado de contribuir al desarrollo socio-económico del país que de estar atento a una fe que juzgaba un poco medieval, y que la ciencia, el progreso económico y el tiempo lograrían hacer evolucionar hacia una especie de secularización, como en Europa. Es cierto que la marcha forzada de los responsables políticos hacia un socialismo a lo soviético podía influir también en ese sentido. La historia con el tiempo ha
corregido sobradamente esta situación...
Lo que llamamos Misión debía pues incluirse en la promoción del desarrollo hasta llegar a veces a confundirse con él. Decido que es mejor dedicarme a una formación profesional, tras haber pasado por el aprendizaje de la lengua árabe, tanto del árabe clásico como del dialectal, para alcanzar este cometido estudié en el PISAI en Roma y en el Centro de las Glycines de Argel. 
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Parroquias para Evangelizar. Nacimiento y desarrollo de nuevas Comunidades

José Antonio Felices Álvarez
Soy un sacerdote de Almería España- que ha tenido el honor y el reto de poner en marcha dos comunidades parroquiales de nueva creación. La primera allá por los años setenta en una comarca de agricultura en invernaderos, pionera en aquellos años en Vícar, y otra en zona de expansión de la capital en el barrio de san Luis.

Me piden que relate mi experiencia de esta segunda por estar más cercana en el tiempo. Quiero resumir la larga experiencia, para no perderme en batallas, en tres momentos, como la vida de las personas: (1) El dolor del nacimiento; (2) Las crisis de la juventud y crecimiento; (3) La serenidad de la adultez.
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Curas del post-Concilio. Mirada de una seglar

Carmen Alcaraz
Si nos preguntaran a un grupo de personas, de forma aleatoria, nuestra opinión sobre los sacerdotes, probablemente las respuestas fueran muy distintas dependiendo de la experiencia personal que cada uno tenga, o haya tenido, fruto de su relación con algún sacerdote, en particular, o bien, con los sacerdotes en general, o tal vez, e incluso la no relación con ninguno de ellos, por lo tanto, las respuestas podrían ir desde la más fiel defensa, hasta el rechazo más absoluto, por desconocimiento. Por otra parte, no resulta raro escuchar eso de "yo creo que debe de haber Algo, pero no creo ni en los curas, ni en la Iglesia".

En estos casos, en los que se presenta la realidad de forma distorsionada, como una realidad dividida e incompleta, de la que la resultante es la separación entre "curas", "Iglesia"," y Dios", podría deducirse que forman parte de realidades diferentes, en las que cada una de esas realidades, estaría metida en compartimentos estancos, se aceptaría una, pero no las demás, claro está, que la falta de formación teológica, o la simple ignorancia, conduce a ello, sin ánimo de ofender a nadie.
¿Qué es para mí un cura, de los de ahora
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Mons. Ancel, obispo obrero. Breve historia de una gran aventura

Sabíamos, de una manera general, lo que queríamos hacer y por qué queríamos hacerlo. Habíamos obtenido las autorizaciones necesarias. Había que comenzar. Era preciso, primeramente, elegir el lugar de implantación de la comunidad. En una reunión con la comisión dio cesan a de la A.C.O. de Lyon (Acción Católica Obrera), se decidió que nos estableciésemos en el barrio de Gerland, -ubicado en el extremo sur de la villa de Lyon en la orilla izquierda del Ródano; se encuentra flanqueado por el río y la vía férrea que va a Marsella-, y en una reunión con el equipo local de la A.C.O. se concretó el lugar donde estaríamos mejor situados. A principios de septiembre habíamos ya podido encontrar lo que buscábamos, y después de ciertos trabajos de acondicionamiento, nos instalamos el 2 de octubre de 1954. 

Nuestra residencia era la antigua casona de la fábrica de vidrio de Gerland. En la planta baja había una habitación bastante amplia: esta pieza fue acondicionada para que sirviera de cocina, de taller y de sala de reuniones. En el piso superior había un granero en el que pudimos instalar una capilla, un dormitorio y una habitación que servía a la vez de alcoba y de despacho.

Nos encontrábamos en un barrio muy populoso, situado en una zona industrial. Nuestros vecinos inmediatos en la explanada y en la calle habitaban en casas pobres. Generalmente eran obreros especializados. Pocos peones y pocos profesionales. Entre ellos había franceses y también un número considerable de italianos y de españoles. En la calle había también algunos norteafricanos con un café M.N.A. (Movimiento Nacional Argelino). Casi no había cristianos practicantes; solamente dos mujeres. 
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Mártires Contemporáneos

Emérito de Baria
Oí en la radio la presentación de un nuevo libro del periodista y escritor Fernando de Haro que lleva por título "Cristianos y leones".
Una afirmación recorre todo el libro: la constatación de que actualmente los cristianos son el grupo religioso que sufre la mayor persecución en el mundo. Las documentadas páginas hacen un estremecedor repaso a la persecución de los cristianos en el mundo cifrando en un mínimo de cien mil cristianos asesinados al año. Naciones como Pakistán, Siria, Iraq, Egipto, Turquía, China, India, Venezuela, Nigeria, y otras tantas, son lamentables ejemplos en la actualidad de falta de libertades y de descarada persecución a los cristianos de tal suerte que los inicios de este siglo sean los más sangrientos en cuanto a persecuciones y muertes de los dos milenios de cristianismo. La persecución religiosa en la actualidad es una de las mayores tragedias de este comienzo del siglo XXI.

Las páginas del libro, recomendamos su lectura, están plagadas de relatos de hombres y mujeres que sufren atentados, que tienen que dejar sus casas, que saben que van a morir. Son fieles, son pacíficos. Son, en muchos casos, pobres de solemnidad, pero son grandes.

Vuelvo mi recuerdo a Egipto y a los cristianos coptos perseguidos para revivir con gratitud cuanto aprendí durante el mes que compartí con ellos la fe y la vida en noviembre del año 2000 con motivo de mi participación en la asamblea mundial de la fraternidad sacerdotal "Iesus Cáritas". Cuántas historias y calamidades pude oír y tocar de la mano de mi buen amigo el obispo copto católico Paul Antaki y los sacerdotes que me acogieron. Recuerdo también con especial cariño el encuentro y las atenciones del papa de los coptos ortodoxos Shenuda III, fallecido recientemente, para con todos los asambleístas. Iglesias perseguidas pero mantenidas ante las adversidades por una gran fe. En verdad, como escribía Benedicto XVI en la carta apostólica "Porta fidei" de convocatoria del pasado Año de la Fe, "por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había transformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor, con el perdón de sus perseguidores" (n.13). 
Artículo publicado en el Boletín Iesus Caritas 180 

El II Concilio del Vaticano y las Fraternidades Carlos de Foucauld

Mons. Provenchères
La mayor de las gracias es hoy día la gracia del Concilio. Juan XXIII decía que el Concilio era el objeto de todas sus preocupaciones y quería que también fuera objeto de las preocupaciones de todos los cristianos. En cuanto fue elegido Pablo VI dijo que el Concilio sería la gran obra de su pontificado.
Aquí existe una gracia que el Espíritu Santo otorga a la Iglesia y a cada uno de sus miembros. Debemos estar atentos para  recoger, en cada instante de nuestra vida, la gracia ofrecida por Dios.  Esto está enteramente dentro de una vocación de pobreza. El pobre  vive de migajas y en algunos casos obtiene migajas muy grandes,  como hoy. El pobre no tiene nada propio: todo lo recibe de Dios.  Siempre tendrá lo suficiente y hasta superabundancia en la medida  en que recogerá la gracia que se le ofrece a cada instante.
Es fácil observar la notable concordancia que existe entre las orientaciones de fondo del Concilio y los principales aspectos de la espiritualidad del hermano Carlos de Jesús y de sus Fraternidades. Esto se explica fácilmente, porque es el mismo Espíritu el que actúa en todo. Un siglo para Él es menos que un segundo para nosotros. Está preparando desde hace mucho tiempo su Concilio. Todos sus impulsos han sido orientados desde hace un siglo hacia la
profundización de la teología de la Iglesia: papel del Soberano Pontífice, lugar de la Iglesia diocesana, desarrollo de la doctrina misional, acción católica, movimiento litúrgico, etc... Lo que preparaba por medio de grandes movimientos: lo preparaba también suscitando santos, guías espirituales. Me parece cada vez más evidente que el hermano Carlos de Jesús ha sido, tal como dijo Pío XI de Santa Teresita del Niño Jesús, una «palabra viva de Dios», dirigida por Dios a la Iglesia y al mundo de hoy. 
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Ay de mí si no anuncio el Evangelio (1Cor 9,16)

 André Dupleix

"Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado" (Mt 28, 19). [...] La misión, pues, de la Iglesia se realiza mediante la actividad por la cual, obediente al mandato de Cristo y movida por la caridad del Espíritu Santo, se hace plena y actualmente presente a todos los hombres y pueblos para conducirlos a la fe, la libertad y la paz de Cristo por el ejemplo de la vida y de la predicación, por los sacramentos y demás medios de la gracia, de forma que se les descubra el camino libre y seguro para la plena participación delmisterio de Cristo» (AG 5).

"El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!" (1 Co9,16). Esta exclamación del apóstol Pablo expresa bien, con realismo, lo que caracteriza a la evangelización desde los orígenes del cristianismo: transmitir las palabras y la enseñanza de Jesucristo y ser testigos de su presencia. Nadie puede llamarse discípulo de Jesús si no habla de Él, si no proclama su fe.

Lo mismo sucede con la Iglesia cuya vocación no consiste en anunciarse a sí misma o en dar testimonio de sí misma, sino en revelar a Dios al mundo, en llevar hasta Cristo y en transmitir el soplo del Espíritu, que la recorre, y el mensaje fundamental del Evangelio, que la estructura. La Iglesia tiene como fin no precisamente ni en primer lugar su equilibrio institucional interno, por mucho que tenga su importancia, sino su misión, que recibe permanentemente de Cristo: anunciar la Buena Nueva al mundo, con sus consecuencias espirituales, culturales y morales.
 

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Boletín Iesus Caritas 180: Esperanza de un nuevo Pentecostés

A los 50 años de la convocatoria del II Concilio del Vaticano (2ª parte)

Editorial: Maestros de vida




Manuel Pozo Oller


El Boletín ha dedicado con éste dos números al II Concilio del Vaticano. El Consejo de Redacción del Boletín ha querido que ésta fuera nuestra aportación en la celebración de los 50 años de su apertura. Muchas colaboraciones interesantes han quedado fuera por obvios problemas de espacio pero valoramos más que la letra el recuerdo agradecido a aquella magna asamblea. Somos conscientes de que queda mucho por hacer como lo expresaba en su momento el gran teólogo Karl Rahner: “Un Concilio es, con sus decisiones y enseñanzas, solo un comienzo y un servicio. El Concilio solo puede dar indicaciones y expresar verdades doctrinalmente. Y por eso es solo un comienzo. Y después, todo depende de cómo se lleven a cabo esas indicaciones y cómo caigan esas verdades en el corazón creyente y produzcan allí espíritu y vida. Esto no depende, pues, del Concilio mismo, sino de la gracia de Dios y de todos los hombres de la Iglesia y de su buena voluntad. La renovación de la Iglesia no ocurre en el Concilio y a través de sus decretos, sino después". 

El número dedicado al Concilio Vaticano II (Octubre-Diciembre 2013) llevaba por título “Revelar el genuino rostro de Dios. A vino nuevo, odres nuevos (Mc 2,22)" y en él quisimos presentar el Cambio de orientación pastoral de la Iglesia y su preocupación por evangelizar y ser signo del amor de Dios en el mundo.



En este número, segundo dedicado al Concilio Vaticano II, se ha intentado recoger las experiencias de los maestros de vida, aquellos que prepararon el Concilio y se empeñaron en su aplicación. En el apartado Desde la Palabra extraemos una meditación de André Dupleix del libro reseñado en el apartado Un libro, un amigo del número anterior que lleva por título El Concilio Vaticano II. La décima meditación la dedica a la Evangelización como preocupación primera de la actividad misionera de la Iglesia.

Recuperamos de los antiguos Boletines un artículo de Mons. Provenchères para el apartado En las huellas del Hermano Carlos. En el texto se recoge la Conferencia que pronunció en Marsella con la Fraternidad Secular en agosto de 1964« en pleno debate conciliar.

El apartado Testimonios y experiencias cuenta con el testimonio de Mons. Ancel, obispo obrero. El artículo muestra la preocupación de la Iglesia del momento por salir de los templos a evangelizar con un estilo nuevo basado en la presencia y acompañamiento de las gentes.

Se ha querido complementar esta sección con dos testimonios diferentes. Una seglar, teóloga, con sencillez y usando un lenguaje familiar, habla de los curas del post—Concilio y muestra el aire nuevo que trajo su recepción. Un sacerdote, párroco con mucha experiencia, nos habla del nacimiento y crecimiento de su parroquia como lugar de encuentro y medio excelente de evangelización. Resume su quehacer pastoral citando la conocida afirmación sobre la parroquia del beato Juan XXIII que la define diciendo que “es como la fuente de agua fresca de la plaza del pueblo, donde todos van a saciar su sed". Todo un reto.

La Sección Ideas y Orientaciones dedica extensión a dos obispos en latitudes de la tierra distintas. Mons. Claude Rault reflexiona sobre la actividad evangelizadora en medio del mundo musulmán y comparte su experiencia de oración comunitaria. Mons.Ángel Garachana, obispo de San Pedro Sula (Honduras), a partir de unas palabras que se ve obligado a dirigir en una cena para recaudar fondos para los pobres, nos presenta su experiencia de servicio episcopal en referencia a los tres símbolos de la palabra, la casa y el pan.

La sección se cierra con el documento “El pacto de las Catacumbas” El 16 de noviembre de 1965, pocos días antes de la clausura del Concilio, cerca de 410 padres conciliares celebraron una eucaristía en las Catacumbas de santa Domitila. Pidieron “Ser fieles al espíritu de .Jesús”, y al terminar la celebración firmaron lo que llamaron “el pacto de las catacumbas". El “pacto" es un desafío a los "hermanos en el episcopado" a llevar una “vida de pobreza” y a ser una Iglesia “servidora y pobre". Los firmantes se comprometían a vivir en pobreza, a rechazar todos los símbolos o privilegios de poder y a colocar a los pobres en el centro de su ministerio pastoral. 

El Concilio Vaticano II

AUTOR: André Dupleix
 

TÍTULO: El Concilio Vaticano II
 

FECHA DE EDICIÓN: 2012
 

LUGAR: Madrid
 

EDITORIAL: Ciudad Nueva. Colec. 15 días con
 

FORMATO: 128 páginas
 


Monseñor André Dupleix, sacerdote de la diócesis de Bayona (Francia), doctor en teología y rector honorario del Instituto Católico de Toulouse, nos invita a acercarnos al Vaticano II con una actitud de oración, para percibir en la diversidad de los escritos, la presencia y luz del Espíritu en este gran acontecimiento que despertó una nueva esperanza en la Iglesia.

Dupleix divide el libro en varias partes, hace un recorrido por las constituciones, decretos y declaraciones conciliares, así como los distintos mensajes dirigidos al mundo.
 

La primera parte son los fundamentos, que por su presencia en el mundo, la Iglesia, pueblo de Dios y comunión de fieles, transmite la Palabra revelada y celebra en la liturgia la resurrección de Cristo. La segunda son los signos de la Gracia, que en su diversidad de carismas, responsabilidades y opciones de vida, así como las tradiciones espirituales, atestiguan la riqueza de la gracia y el don que los fieles bautizados hacen de su persona por amor, desde el ministerio pastoral de los obispos, en el ministerio y vida de los presbíteros, la renovación de la vida religiosa, la responsabilidad de los fieles cristianos laicos y la diversidad de las Iglesias orientales católicas. La tercera parte va dirigida a los medios, la Iglesia, en su misión de evangelización, asume una responsabilidad educativa y formativa y procura los medios para una difusión universal del mensaje de Cristo, a través de los medios de comunicación social.
 

El autor cierra cada uno de los capítulos con distintos textos bíblicos y con una oración y así nos conduce a reflexionar y orar personalmente. 

MARÍA DEL CARMEN PICÓN SALVADOR

La pascua de Jesús, fuente de nuestra comunidad evangélica


Enrique González Lorca

Desde hace seis años la Fraternidad de Jesús viene compartiendo los días del triduo pascual con la comunidad parroquial de Ntra. Sra. de la Piedad de Perín de Cartagena acompañados por la presencia de hermanos y hermanas de la Comunitat de Jesús.

A continuación expresamos algunas de las notas distintivas que dan sentido profundo a la vivencia de la Pascua en esta experiencia y que pensamos que coinciden con la llamada a una celebración viva y auténtica que nos hace el Concilio Vaticano II.

La constitución conciliar «Sacrosanctum concilium»

Misterio pascual es una expresión y una categoría teológico-litúrgica que no se había usado en un documento magisterial de la Iglesia oficial hasta la llegada del Vaticano II. He aquí una de las paradojas sorprendentes con que nos encontramos en la historia y evolución de la teología, la liturgia y la espiritualidad. Lo que desde el Vaticano II se ha convertido en piedra angular de la reflexión litúrgica y del lenguaje celebrativo, se hallaba ausente de los grandes documentos papales, de los textos o manuales de teología y de los libros de piedad anteriores al Concilio. El término en cuanto tal tampoco aparece en el Nuevo Testamento (ni en el Antiguo).

En la constitución sobre la sagrada liturgia del Vaticano II, la expresión misterio pascual aparece ocho veces. Y no sólo eso. Se halla situada en los pasajes centrales de este documento capital del último concilio. Es una categoría que vertebra toda la doctrina conciliar sobre lo que es la liturgia. En torno a ella gira la enseñanza de la Sacrosanctum concilium sobre la celebración de la Iglesia.

La Sacrosanctum concilium comienza su capítulo I partiendo de la cristología y afirmando que Cristo realizó la obra de redención «principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión» (SC 5). Por este misterio, «con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró la vida» (prefacio de Pascua). Seguidamente se hace la aplicación de esta cristología a la sacramentalidad y a la liturgia: «Por el bautismo los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con él, son sepultados con él y resucitan con él; reciben el espíritu de adopción de hijos, por el que clamamos: Abba, Padre, y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre (Rom 6,4; Ef 2.6; Col 3,1; 2Tim 2,11). Asimismo cuantas veces comen la cena del Señor proclaman su muerte hasta que vuelva» (SC 6).

Misterio pascual y eucaristía. La Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual celebrando la eucaristía. «La liturgia de los sacramentos y de los sacramentales hace que, en los fieles bien dispuestos, casi todos los actos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, del cual todos los sacramentos y sacramentales reciben su fuerza» (SC 61).

La Pascua de Jesús, centro y fuente de vida cristiana. El Tiempo Pascual comprende cincuenta días, vividos y celebrados como un solo día:
"Los cincuenta días que median entre el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés se han de celebrar con alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo" (Normas sobre el calendario, n. 22).

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:
http://www.carlosdefoucauld.es/pdf/Boletin-179.pdf#page=57

La doctrina del Vaticano II sobre el trabajo humano


Antonio Murcia Santos

Leemos en la Constitución Española (de 1978): “Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia” (art. 35.1), y más adelante: “los poderes públicos promoverán las condiciones favorables para el progreso social y económico y para una distribución de la renta regional y personal más equitativa… De manera especial realizarán una política orientada al pleno empleo” (art. 40.1).

Leemos también, en la prensa de hoy (17 de abril de 2013), que el Fondo Monetario Internacional empeora su previsión para España drásticamente: un 27 por ciento de paro en 2013. Esta horquilla de discursos y lecturas puede ilustrar bien la diferencia que media entre el papel mojado de las grandes palabras y el bofetón que la realidad social propina a quien quiera mirarla con un mínimo de objetividad. La violencia del bofetón adquiere sus reales proporciones cuando se calcula en las dimensiones universales del hambre y la miseria a que nuestro mundo condena a tantos millones de seres humanos.

¿Qué dice del trabajo la Iglesia? El n. 67 de la constitución pastoral Gaudium et spes recoge la respuesta estandarizada que el catolicismo oficial da a esta pregunta en la época contemporánea. Se nos dice: 1) que el trabajo, el factor humano, tiene prioridad sobre el resto de factores presentes en la actividad laboral y económica; 2) que ha de ser fuente de sustento del trabajador y de los suyos; 3) que ha de permitir el ejercicio de la caridad; que une al cristiano con el Creador y con el Redentor, de quien se dice que fue un trabajador; 4) que es un deber; 5) que es un derecho, que incluye la oportunidad de trabajar y la remuneración justa correspondiente; 6) que se realiza asociadamente; 7) que las leyes (económicas, del mercado) han de supeditarse al bien del trabajador; 8) que el trabajador tiene derecho al descanso y al tiempo libre… 

¿Quién habla y quién es su destinatario? Si preguntamos por la procedencia de estas tesis católicas sobre el trabajo humano nos encontraremos remitidos a diversas fuentes de una misma tradición. Es de origen bíblico la concepción del trabajo como un deber, mejor dicho, como un castigo, consecuencia de la
transgresión primordial adámica. De origen bíblico, igualmente, la idea del trabajo como un derecho, mejor dicho como una capacidad por la que el hombre se asemeja y colabora con su Creador. La referencia a la condición de trabajador manual aplicada a Cristo Redentor tiene su ubicación propia más en la teología medieval de los misterios de la vida de Cristo (su “vida oculta” en Nazaret) que en la tradición del Nuevo Testamento.

Los aspectos filosóficos y antropológicos del trabajo como fuente de realización humana son deudores del humanismo cristiano y del personalismo del siglo XX. Y la conexión ética entre el trabajo y el desideratum del “salario justo” es igualmente un tópico de la doctrina social eclesiástica, adecuación, a su vez, de la doctrina tomista sobre esta materia como respuesta a la cuestión social desde finales del siglo XIX. Un análisis más detallado, y que repasase el curso seguido para la redacción de este número de Gaudium et spes, confirmaría éstas y otras tesis de procedencia diversa que confluyen en la doctrina católica actual sobre el trabajo humano.

El mero hecho de que el Concilio se pronunciase sobre esta materia, en continuidad con la llamada “doctrina social” de los papas anteriores, se valoró como logro y mérito indiscutible, y el párrafo en cuestión fue saludado diciendo que “la simpatía del Concilio está de parte de los trabajadores y de su dignidad humana” (Rahner y Vorgrimler). Haciendo suyas algunas reivindicaciones tradicionales del movimiento obrero occidental, los padres conciliares entendían ser fieles a la intención programática que les guiaba: resonaban en su corazón “el gozo y la esperanza, las lágrimas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos” (GS, 1).

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:
http://www.carlosdefoucauld.es/pdf/Boletin-179.pdf#page=51

Creado a la imagen de Dios (LG)


SANTA ES LA CRIATURA Y LA CREACIÓN PORQUE SANTO ES EL CREADOR

Toni Catalá, s.j.

Releer la LG después de 50 años es percibir una brisa fresca y reconfortante. El Vaticano II es una referencia ineludible para no desnortarnos en este mundo tan querido por el Dios de la Vida, Padre y Creador, y que nosotros tanto maltratamos.

Quiero empezar la reflexión teniendo presente que la mayoría de la criaturas en este mundo nuestro son victimas inocentes, son hombres y mujeres que por venir a este mundo nuestro se encuentran con que este mundo no es su casa y se siente privados de lo más elemental para subsistir y con su dignidad negada. Desde lo acontecido en Jesús de Nazaret que se vivió desde un Dios de Vivos y no de muertos, las victimas emergen en su radical dignidad. Jesús ama las criaturas más pequeñas y vulnerables, Jesús tiene una relación con los pequeños entrañable, sabe que sus ángeles de la guarda están contemplando todos los días el rostro del Padre del Cielo, son los preferidos, los protegidos, los amigos de Dios, por eso Jesús avisa muy seriamente que de ningún modo hay que despreciar a los pequeños. Despreciar a las criaturas pequeñas del Padre es despreciarlo también a Él.

Cuando se empieza a percibir la inocencia de las criaturas que sufren el sarcasmo y el desprecio de los satisfechos y orgullosos, cuando se empieza a percibir que la mayoría de las criaturas son masacradas para mantener el estatus, el dominio de los menos, entonces se empieza a percibir la santidad de los mártires inocentes. Se empieza a percibir que la profanación de la creación, la destrucción de la “obra de sus manos”, las víctimas masacradas son dolorosamente el permanente “testimonio” de un desajuste, de una ruptura, de un desenfoque no querido por el Amor Fundante de todo lo que existe.

Si las víctimas son inocentes es porque se percibe que de ningún modo el Dios Fuente de la Vida y Creador puede querer el sufrimiento de sus criaturas. La criatura es Santa porque Santo es el Creador. Lo primero es una creación buena y santa, el dialogo con la Fuente de la vida y de la felicidad es creativo, es manantial que no se agota, es alegría profunda, es el sentimiento de una Presencia que fundamenta, que acoge y guarda, que consuela. Lo primero, el fundamento de la creación, no es la caída, la pérdida, el dolor, lo primero es el diálogo amoroso, compañero del Criador con la criatura.

Este mundo no es un valle de lágrimas desde el inicio, en el que el Creador nos colocó para purgar un pecado de inicio, lo hemos convertido nosotros no ya en un valle de lágrimas sino en un valle de injusticias y dolor evitables si no perdiéramos de vista la bondad inicial de la creación. No es este mundo un lugar de caída desde cielos más altos por culpa de nuestro orgullo o engreimiento, no es el mundo ni la carne una cárcel cruel para sufrir y penar, no es el mundo algo para despreciar. Cuántos resentimientos, amarguras, frustraciones acumuladas que impiden el percibir limpiamente que nuestro Dios no es un sádico, no es un dios cruel, no es el justiciero inmisericorde.

Santidad es testimoniar que la Creación es obra del Dios de la Vida, cuidarla ante tanta amenaza, defenderla ante tanta depredación, sanarla ante tanta agresión es una obra Santa, una tarea digna de la criatura. Cuando la gente sin-tierra, sin derechos a que este mundo sea su casa y así poder disfrutarla y
cuidarla, cuando esta gente se siente extraña en la casa en la que el Creador colocó a sus criaturas, es de profetas y de santos reivindicar la obra del creador como la casa en la que todos tengan sitio. Profecía y testimonio se dan de la mano.  

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:

La Iglesia como Pueblo de Dios en el Concilio Vaticano II


Antonio Marco Pérez

Elegido Papa con 77 años, Juan XXIII concibió el Concilio Vaticano II como expresión de unidad de los cristianos, por ello el Concilio fue y es denominado Concilio Ecuménico. Juan XXIII era un hombre acostumbrado a trabajar y obtener buenos resultados en situaciones difíciles. El anuncio de convocatoria del Concilio Vaticano II provocó reticencias y naturalidad ante el mismo.

Muchos pensaban ¿para qué un Concilio? Pero la expresión italiana de aggionarmento, actualización, da muestras de la realidad concreta en que se encontraba la Iglesia católica aislada y ensimismada no solo frente al mundo contemporáneo sino también frente a otras religiones y frente a otras confesiones cristianas.

El Concilio comenzó el 10 de octubre de 1962, en él participaron 2500 Obispos, mientras en el Concilio Vaticano I participaron 750 obispos y en el Concilio de Trento poco más o menos que 250 obispos. Así que podemos constatar que existía una clara voluntad de representatividad de toda la Iglesia católica en él.

Por primera vez hubo observadores del Concilio, es decir que asistieron al mismo personas invitadas tanto cristianos de otras confesiones como creyentes de otras religiones. Esto era nuevo en la mentalidad eclesial, y no sólo participaron como observadores sino que se escucharon opiniones de los mismos observadores. Todo ello ha reforzado institucionalmente la necesidad del diálogo ecuménico e interreligioso.

El Concilio Vaticano II no se propuso condenar a quienes no siguen la doctrina cristiana, se procuró más bien una actitud de exposición del mensaje cristiano y este mensaje en un lenguaje no-académico ni eminentemente teológico especulativo, sino con una clara voluntad de ser un lenguaje claro de entender
por un lector no especialista en materias teológicas. Cristo y su presencia marcan la idea comprensiva que de Dios posee el catolicismo ante los nuevos tiempos.

El Vaticano II fue un concilio eminentemente pastoral en el que predominó el lenguaje bíblico y las referencias a los Santos Padres, sin dejar de denunciar los errores que se percibían, pero desde la intención, y principal preocupación, de proponer ante todo el mensaje evangélico como tarea principal del cristianismo desde un lenguaje personalista y no jurídico.

El Concilio Vaticano II puso de relieve, entre otras muchas tareas, la necesidad de la formación teológica seria del laicado más allá de las tradiciones culturales, sociales y familiares en que todos hemos recibido la fe cristiana. El laico está llamado al apostolado como cualquier otro cristiano, miembro del pueblo de Dios. Nada sustituye la lectura personal, directa, de los textos conciliares. Se propuso la seria necesidad de la formación teológica del laicado para lograr un pueblo de Dios integrado por una comunidad cristiana mayor de edad moral, humana y profesionalmente.

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:

Búsqueda de Dios en los avatares de la historia

Manuel Pozo Oller

Del “Syllabus” al Vaticano II

El año 1864 quedará en la historia de la Iglesia como el año en que ésta definió de manera clara su modo de estar en las modernas sociedades. El Syllabus recoge afirmaciones gruesas, que pasado el tiempo nos suenan extrañas, no hay más que leer el número 80 donde se rechaza globalmente el progreso y se niega que el Romano Pontífice haya de reconciliarse con el liberalismo y la cultura.

El Syllabus es una negación frontal del movimiento de emancipación liberal basado en la razón. Las consecuencias serían nefastas para el diálogo con el pensamiento y la cultura. “La Iglesia no sólo no debe polemizar nunca con la filosofía, sino que debe tolerar los errores de la misma y dejar que ellos mismos se corrijan”. En consecuencia la respuesta católica a la filosofía moderna no es ya desde dentro, sino retornando al método y a los principios de la Escolástica”. Toda esta reflexión se lleva a cabo desde el convencimiento de la posesión por parte de la Iglesia de un gran poder ético y decisorio que la configura como sociedad perfecta dotada de poder temporal y de una potestad intelectual, moral y jurídico política en la sociedad humana.

El Syllabus no se equivocó en el diagnóstico de la situación del momento pero, estamos convencidos, que erró en cuanto a la autocomprensión de la identidad y la misión de la Iglesia. La Iglesia, por tanto, a las puertas del II Concilio del Vaticano venía arrastrando problemas derivados del conflicto con la modernidad que tenían su origen en la lejana revolución francesa pero que han llegado hasta nuestros días. Son muchas las contradicciones a las que era necesario dar una respuesta.

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:

Oriente-Occidente, un testimonio actual de vida eremítica

Siguiendo la tradición del P. Estanislao M. Llopart, monje ermitaño benedictino de Montserrat, desde el año 1977 la Comunitat de Jesús tiene acondicionados unos espacios un poco separados del núcleo urbano de Tarrés, (pequeño pueblo de la comarca de Las Garrigues, provincia de Lérida) destinados para retiros en soledad y silencio. El conjunto se denomina eremitorio de la Santa Cruz (en recuerdo de la ermita donde vivió el P. Estanislao en Montserrat) y comprende dos espacios, la ermita de este nombre y la de san Antonio del Desierto.

Entre los pocos objetos que tenía el P. Estanislao en su ermita de la Santa Cruz de Montserrat, donde vivió entre finales del los años 60 e inicios de los 70, recuerdo la fotografía del abrazo de Pablo VI y el Patriarca Atenágoras del 4 de enero de 1964 en Jerusalén. El ermitaño nos hablaba de su deseo de la unidad de las Iglesias. Con motivo de este encuentro decía: “Como otras veces desde hace mucho tiempo, ayer y hoy he renovado el ofrecimiento de mi vida anacorética por la Unión de las Iglesias”.
 
El nos transmitió su espíritu ecuménico, nos hizo amar la Iglesia de Oriente y venerar los iconos en nuestras capillas. Desde el año 2007, un buen amigo cristiano ortodoxo hace sus retiros periódicos de silencio en la ermita de la Santa Cruz en Tarrés. El espíritu ecuménico y el deseo la unidad de las Iglesias del P. Estanislao, se manifiesta después de muchos años, con este encuentro de comunión entre miembros de las Iglesias de Oriente y Occidente en la ermita de Tarrés.

A petición del Equipo de Redacción del Boletín, hemos hecho unas preguntas a este cristiano ortodoxo para que comparta su experiencia en Tarrés. Respetamos su deseo de quedar en el anonimato, quiere ser “un ermitaño ocasional de la ermita de la Santa Cruz de Tarrés, un cristiano embelesado por el Evangelio”, tal como se define a sí mismo. A todos los que lean su testimonio les desea: “Paz y bien”.
 
JOAN FIGUEROLA

Enlace a la entrevista publicada en el Boletín Iesus Caritas 179:

Una Fraternidad Episcopal nacida en el Concilio

Rafael González Moralejo

Entre las varias iniciativas de grupos formados por Padres Conciliares que se reunieron durante el Concilio, con el fin de ayudarse mutuamente y trabajar en más estrecha cercanía que la posible en las grandes Congregaciones Generales hubo una cuya finalidad no fue el estudio sino la oración común y el
cultivo de la amistad fraterna entre los componentes del grupo que adoptó como suyas las grandes líneas de la espiritualidad del P. Foucauld. El grupo no sólo fue consolidándose durante las Cuatro Sesiones Conciliares, sino que cuajó en una estable y singular Fraternidad Episcopal.
 
Formado por un reducido número de obispos, desde el mismo principio del Concilio, comenzó a congregarse una tarde a la semana para dedicar una hora a la adoración del Santísimo Sacramento en la Capilla de Santa Ana del Vaticano; seguía luego un encuentro fraterno y amistoso que alguna vez tuvo que cambiar de lugar, pero que fue creciendo en número hasta llegar a los veinte Padres cuyo objetivo era intercambiar experiencias personales de su vida y su ministerio episcopal, sin otra finalidad que conocerse y edificarse mutuamente, a fin de poder ser más útiles a la misión recibida de la Iglesia con el episcopado, como fruto de su participación en el acontecimiento conciliar. 

Entre prelados “fundadores” del pequeño núcleo inicial - existían ya- desde antes del Concilio, algunos lazos de amistad. Algunos de ellos habían tomado contacto con la asociación sacerdotal “Jesus Charitas”, cuyo responsable por aquellas fechas era uno de los componentes del grupo, el obispo francés, Coadjutor de Orleans, Mons. Guy Riobé. Hubo otros tres, también franceses de origen, consagrados a la misión: uno en el África Sahariana, otro en el altiplano del Vietnan y el tercero en Camboya. El primero pertenecía a la Congregación de los Padres Blancos, y los otros dos al Instituto de Misiones Extranjeras de París. Dos más nos habíamos conocido en Tournai, participando
en los encuentros sobre la “descristianización del mundo obrero en Europa” y varios de ellos tenían en común el haber sido Capellanes Nacionales de la Juventud Obrera Católica (J.O.C.) en sus respectivos países. Otros, por razones de afinidad apostólica atrajeron hacia el grupo a algún antiguo colega. De este modo, el grupo se fue ampliando y se procuró que hubiera la mayor variedad en los países y continentes de origen, que hiciera posible el intercambio de experiencias y culturas diversas. De este modo, se incorporaron tres africanos nativos, uno de Ruanda, otro de Burundi y el tercero del Camerún francés. De hecho, la lengua gala fue nuestro principal vehículo de conversación, ya para los encuentros comunes durante el Concilio, ya posteriormente, cuando tuvimos ocasión de visitarnos o -como sucedió varias veces, años después del Concilio- congregarnos en la residencia de uno del grupo, durante algunos días, de amistosa convivencia y fraterna revisión de vida.

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179: