Comencé por hacer un pequeño retiro, después se fueron añadiendo días y el barco encontró su ritmo de crucero.
El presente testimonio esté tomado del libro escrito por la periodista INÉS DE WARREN, Ese Amor que el mundo olvida (pp. 104-107).
Hace quince años, cuando me propusieron entrar en soledad, hacía más de veinte que estaba en Belén y nunca me hubiera atrevido a pedirlo por propia iniciativa, pues cada domingo por la tarde me nacía una cierta aprensión ante la perspectiva de un día de desierto durante el cual iba a estar sola frente a Dios. Lo mismo me ocurría con el retiro anual de diez días, a pesar de que siempre salía de él renovada por el contacto prolongado con Jesús en el Evangelio y la adoración eucarística. Pero entrar en soledad por largo tiempo, incluso para toda la vida, me parecía bien para gigantes de la oración y yo me sabía indigna e indigente.
En realidad la cosa ocurrió de la forma más sencilla: comencé por hacer un pequeño retiro, después se fueron añadiendo días y el barco encontró de manera completamente natural su ritmo de crucero. ¡Y me encontraba como pez en el agua!
Se puede hablar de la vida de soledad bajo diversos aspectos. El primero es, sin duda, que nunca estamos menos solos que cuando estamos solos, porque el Padre, que ve en lo secreto, es omnipresente. Nada nos dispersa de esta Presencia benevolente fuera de nuestros pensamientos y de la imaginación que son los grandes protagonistas del combate espiritual.
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