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Carlos de Foucauld. La fragancia del Evangelio


El autor, como en muchas de sus publicaciones y escritos, reflexiona sobre el Evangelio de la mano de Carlos de Foucauld.               


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Un libro... Un amigo


AUTOR: Antonio López Baeza

TÍTULO: Carlos de Foucauld. La fragancia del Evangelio

EDITORIAL: PPC. Sauce 199.

FECHA DE EDICIÓN: 2016

LUGAR: Madrid

FORMATO: 19 x 12

ISBN: 978-84-288.


La presentación del libro Carlos de Foucauld. La fragancia del Evangelio publicado por la editorial PPC en el año del primer centenario (+1 diciembre 1916) de la muerte/martirio del beato Carlos de Foucauld apareció de manera modesta en noviembre de 2012 impreso en Murcia a expensas del pecunio del autor. Aquella primera edición modesta contaba con 206 páginas. La edición que recensionamos ha sido revisada y aumentada con la ciencia y experiencia de estos años pasados contando en la nueva edición con cuarenta páginas más.

El autor, como en muchas de sus publicaciones y escritos, reflexiona sobre el Evangelio de la mano de Carlos de Foucauld, el monje/misionero del Sahara que se dejó embriagar por la fragancia del Evangelio y con el paso del tiempo puede ayudarnos a disfrutar en nuestra hora presente de ese buen olor de Cristo. Le viene su vocación de lector desde el aprendizaje de las primeras letras. Su encuentro con los místicos españoles y con los textos del reformador francés René Voillaume, especialmente en su libro “En el corazón de las masas” (Madrid 1958), en sus años de formación seminarística, le abrieron un horizonte de sentimientos que a lo largo del tiempo ha ido convirtiendo en libros-testimonio que comparte con sus lectores para invitar a hacer el mismo viaje de búsqueda del Absoluto. Más de dieciocho obras jalonan su curriculum junto a innumerables artículos en revistas tan afamadas como Cuadernos de Oración y Pastoral Misionera [Luz en el tiempo (Cartagena 1973); Canciones del hombre nuevo (Santander 1987); Imágenes y profecías de la amistad (Santander 1993); Experiencia con la soledad. Páginas de vida y oración (Madrid 1994); Ráfagas del Espíritu (Santander 1999); Un Dios locamente enamorado de ti. Fragmentos de oración y vida cristiana (Santander 2000); Contemplación de la Navidad. Versos y oraciones del Enmanuel (Madrid 2000); La vida más allá del sentido (Murcia 2010); Poemas para la Utopía (Murcía 2011); Un camino imposible (Murcia 2011); Queda el amor (Murcia 2012); Lao Tse y Jesús de Nazaret Dos caminos en el amor y la unidad (Madrid 2013); La oración, aventura apasionante Sólo se escucha en el silencio (Madrid 2013); Ojos nuevos para un mundo nuevo. De la experiencia mística a otro mundo posible (Bilbao 2014); Francisco de Asís. Una luz puesta en lo alto (Bilbao 2015).

Imposible conocer una obra, que al fin y a la postre, es texto sin conocer al autor que nos sitúa en un contexto y nos hace adivinar su intencionalidad como borrador o pretexto. Nada o poco se entendería de su obra sin la atmósfera envolvente y al tiempo apasionante de los prolegómenos, celebración y aplicación del aire fresco que supuso y supone el II Concilio del Vaticano ni los pioneros que con esfuerzo y con frecuencia incomprensión fueron rotulando nuevos caminos misioneros como así lo hicieron Marcel Légaut, Jacques y Raïsa Maritain, Albert Peyriguère, Tomás Malagón, Fernando Urbina de la Quintana, Juan Martín Velasco,
Antonio Cañizares Llovera y tantos otros.

Junto a esta corriente reformadora, como se puede colegir por los títulos de sus libros, otra gran fuente de vida y compromiso le supuso el encuentro con la espiritualidad foucaldiana. Páginas para la historia de la espiritualidad cristiana salieron de la pluma de René Bazin, René Voillaume, J. François Six, Roger Quesnel, Carlo Carretto, Arturo Paoli, Segundo Galilea, François Chatelard. Mucho debe el autor y mucho le debe al autor la revista “Iesus Caritas” publicada bajo el patrocinio de la asociación Familias Carlos de Foucauld y de la que fue director y asiduo colaborador bajo el pseudónimo de Lorenzo Alcina. La Fraternidad Sacerdotal que configuró su espiritualidad comenzó su andadura en España ahora hace cuarenta años con la celebración del primer Mes de Nazaret celebrado en Cerro Miguel en las estribaciones de Sierra Nevada. Comprometidos con el mundo obrero y su acción pastoral estaba relacionada con la Acción Católica tanto de jóvenes (JOC) como de adultos (HOAC). El autor era párroco en Cartagena. En los últimos años había buscado en la filosofía de la no violencia y compartido su vida con los miembros de la Comunidad del Arca que Lanza del Vasto, discípulo de Ghandi, había fundado en Elche de la Sierra (Albacete), en la sierra de Segura.

En trece capítulos el autor nos introduce en los fundamentos de la vida cristiana de la mano del beato Carlos de Foucauld precedidos de un prólogo y un apéndice que es síntesis e itinerario del Evangelio vivido desde la espiritualidad del marabout-profeta del desierto.

La dedicatoria es la clave para llegar al hondón de la experiencia del autor. La encuadra con una cita tomada de El Evangelio del loco de Jean-Edern Hallier donde se invita al lector a leer la vida desde el corazón: “En Foucauld he despertado lo que había en mí de dormido a la vida. [...] Cuando solo unos pocos seamos capaces de hablar el lenguaje del corazóncorazón, materia de poesía, nosotros, los últimos hombres en libertad, no tendremos más remedio que reanudar la marcha incierta, como bando de Jesús portando la antorcha de la caridad a través del país de los muertos”. Me emocionó en su momento leer los nombres de tantos amigos con los que durante años compartí la vida y la fe y ahora, los que aun no han marchado a la casa del Padre, seguimos buscando juntos. Los nombres de Antonio Sicilia Velasco, José Marco Santa, Francisco Clemente Rodríguez, Domingo Torá, José Sánchez Ramos, Jesús Arias y Mateo Clares Sevilla suscitan en mí sentimientos de gozo y gratitud y juntos hemos soñado “con un cielo nuevo y una tierra nueva”.

En el prólogo López Baeza presenta los interrogantes que han suscitado su reflexión que formula del modo siguiente: “¿Qué tiene este hombre (Hno. Carlos) que, tras su conversión, se retiró durante casi treinta años al desierto para atraer tan poderosamente a muchos de los espíritus más perspicaces de nuestra época? ¿Cuál es el núcleo esencial del mensaje de este creyente, seguidor fiel de Jesús de Nazaret y en Nazaret, para que muchos contemporáneos intuyan en él un guión, una ayuda, para avanzar confiadamente en su vida cristiana, y hasta un profeta de los que marcan senderos nuevos al cristianismo?” para intentar dar una respuesta a los interrogantes del hombre de hoy cuando escribe: “Carlos de Foucauld, hombre siempre en búsqueda, especialmente sensible a las llamadas de su hondura interior, puede ser considerado como un ejemplo en el modo de solucionar los conflictos cabeza/corazón, fidelidad a su propia conciencia y a la obediencia debida a sus responsables eclesiales, escucha amorosa/atenta del Evangelio y a la vez del mundo concreto en que le tocó vivir”. Carlos de Foucauld conoció este martirio en su propia fidelidad del que escribirá nuestro autor que “no me cabe la menor duda de que lo sorprendente de Carlos de Foucauld, entre los muchos ingredientes imprescindibles para el seguimiento de Jesús que en él se nos muestran, hay que situar preferentemente ese sentido de la santidad que consiste en no separar nunca ni para nada la fe en Dios de la fe en el hombre (cada uno en sí mismo y en la entera humanidad histórica). Creo que se trata de lo que queremos encerrar en el subtítulo La fragancia del Evangelio”. Concluye el prólogo con una afirmación que brota del convencimiento y la experiencia: “Mantenerse fiel a uno mismo es hoy una forma de ser mártir de la verdad y del amor a la vida. Una forma de morir cada día, desoyendo las invitaciones de acomodarse a los esquemas prefabricados del poder anónimo (...) El precio de la propia fidelidad es altopor eso son tan pocos los que a él se arriesgan”.

En el primer capítulo de la obra es una evocación llena de nombres y gratitudes. Recuerda que la lectura de los escritos de René Voillaume a los Hermanos de Jesús recogidos en En el corazón de las masas, junto a la lectura de los escritos de santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz, fueron llevando su mente y su corazón a la contemplación de los misterios de la encarnación y vida oculta en Nazaret y a la praxis pastoral abrahámica de puesta en camino para salir al encuentro del hermano bien dispuestos después de adorar al Eterno como la mejor escuela de servicio desinteresado, adoración que él llamará “vuelta al Evangelio” en una aplicación franciscana sin glosa y con mucho amor.

Un segundo capítulo enfrenta al lector con la luz nueva de la fe. Recordando la Constitución Gaudium et Spes del II Concilio del Vaticano no poca responsabilidad tienen los creyentes en el actual fenómeno de la increencia (n. 17) por lo que los bautizados hemos de afrontar con valentía los obstáculos que se oponen a la fe. Carlos de Foucauld por diversas circunstancias perdió la fe. Lo cuanta a su amigoEnrique de Castries, el catorce de Agosto de 1901: “Durante doce años he vivido sin ninguna fe. Nada me parecía bastante probado; esa fe tan similar a todas las religiones tan diversas, me parecía la condenación de todas (...) Permanecí doce años sin negar nada y sin creer nada, desesperando de la verdad, y no aceptando ni siquiera a Dios, al parecerme que ninguna prueba era suficientemente evidente” (p. 94). El ejemplo y la bondad de su prima María Moitessier le devolvieron a la fe junto al tino pastoral del P. Huvelin. Converso experimenta la fuerza liberadora de la fe que le lleva a buscar con ahínco la voluntad de Dios dejándose llevar por Él y recorriendo caminos inimaginables en años anteriores como estancia en la Trapa, Nazaret o encuentro con el mundo creyente islámico. La fe es gracia pero exige disposición y búsqueda de nuestra parte. El itinerario espiritual del Hermano Carlos se puede sintetizar como búsqueda de la voluntad de Dios.

El tercer capítulo presenta a Dios como Absoluto. Es un tema muy querido en la reflexión del tiempo de Carlos de Foucauld al hilo del pensamiento filosófico. Él escribirá a su amigo Henry de Castries el 14 de agosto de 1901: “En cuanto creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir sólo para Él: mi vocación religiosa data del mismo momento que mi fe: ¡Dios es tan grande! ¡Hay tal diferencia entre Dios y todo lo que no es Él!” López Baeza escribirá “que el ser humano es un peregrino del Absoluto lo revela el hambre insaciable de vida, felicidad, libertad y amor que siente dentro de sí como su verdad más inalienable”. 

En el cuarto capítulo el autor añade a la reflexión el modo con que Jesús es Absoluto indicando que solo es digno de fe unser supremo que hace de su superioridad un servicio para ayudar alos que están más bajos que él para lo que es menester encontrar a Dios en las encrucijadas de la historia y siendo humanos a la manera divina para añadir que la “lectio divina”, el silencio enamorado y el Evangelio son caminos de encuentro personal con Jesús. Termina el capítulo indicando que las bienaventuranzas son el fondo y la forma de la predicación cristiana.

La eucaristía ocupa el quinto capítulo. Ocupa el centro de la espiritualidad del Hermano Carlos. Él escribirá: “La eucaristía es Jesús”. Ésta exige unas disposiciones puesto que no es un banquete para puros y satisfechos sino para aquellos que se anonadan conJesús. “Heme aquí, entrando en mi clausura, al pie del divino tabernáculo, para llevar bajo los ojos del Bien amado tan semejante a la casa divina de Nazaret, como me lo permita la miseria de micorazón” (Beni-Abbés el ocho de abril de 1905). Este texto muestra a Carlos de Foucauld viviendo día y noche en presencia del Santísimo Sacramento, como si se encontrara en la santa casa de Nazaret, en la cercanía de Jesús, bajo sus ojos, con María y José. La Eucaristía es elSanto Sacrificio de la Misa, en la que Jesús se inmola en sacrificio a su Padre. Para ofrecer este sacrificio y rendir así la mayor gloria posible a Dios, Carlos ha deseado, a partir de abril de 1900, recibir el sacerdocio. Lo había descartado durante largo tiempo, para permanecer en la humildad y en la abyección de la vida de Nazaret. Pero un día escribe al abate Huvelin: “Nunca un hombre imita más perfectamente a nuestro Señor que cuando ofrece el santo sacrificio... Yo debo poner la humildad donde nuestro Señor la ha colocado; practicarla como El la ha practicado; y para esto, practicarla en el sacerdocio, siguiendo su ejemplo”. El sacramento del último lugar –capítulo sexto- es consecuencia lógica de la espiritualidad de Nazaret y de la presencia de Jesús en la eucaristía. Al Dios escondido se llega bajando.

El capítulo séptimo se pregunta si puede existir salvación vivida, experimentada, sentida, que no sea causa de felicidad y de gozo. Así el autor hace un repaso de las amistades de Carlos de Foucauld desde su abuelo el coronel De Morlet y su alegría contenida por las travesuras de sus nietos a la alegría de la amistad con el amigo de la infancia Gabriel Tourdes o su misma prima María Moitessier. La amistad es fruto de la primavera de la Resurrección y patrimonio del alma enamorada. Termina el capítulo con una reflexión de la exhortación apostólica Evangelii gaudium del papa Francisco para hacer notar que “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento” (n. 1).

La felicidad no es ajena a la cruz de Cristo. Así se presenta en el capítulo octavo en cuanto que la cruz solo es llevadera en el amor al Crucificado y a los crucificados de la historia para sacar amor de donde no hay amor siendo hermano de todos viviendo la fraternidad poniendo como modelo la casa de Nazaret –capítu
lo noveno- . Llegado a este punto el autor reflexiona sobre la urgencia de sencillez en todas las manifestaciones eclesiales sugiriendo la fraternidad con los ricos a través de la fraternidad con los pobres viviendo como drama interior los enfrentamientos y guerras y optando por la construcción de la fraternidad universal.

El capítulo décimo se dedica a la espiritualidad del desierto retomando la tradición de la iglesia primitiva y donde el tiempo está preñado de eternidad. En la exposición se recoge la sabiduría de la experiencia del autor que, entre otros trabajos, redactó junto a José Sánchez Ramos un directorio para el tiempo de desierto aunque conviene en señalar como desiertos cercanos el sagrario, la soledad, la huida de vanas discusiones y luchas por el poder. Termina afirmando que el desierto de la vida es, sin duda, lugar de renovación espiritual y misionera. Este capítulo se complementa con el undécimo dedicado a la oración bajo el sugerente epígrafe “Cómo puedo, si te amo de verdad, no mirarte” y reivindica el autor tiempos vacíos para estar a solas con Dios calificando a ésta como “argamasa” de la vida cristiana desde donde se mira con amor a Dios y al mundo “gritando el Evangelio desde los tejados” sabiendo que será el trato íntimo con Jesús en la oración el que nos enseñe cuándo debemos hablar y cuándo callar. El trato con el Señor, así se presenta en el capítulo duodécimo, lleva al creyente a dar la vida porque ésta no me pertenece si no es compartida de tal forma que denunciar los atropellos, vinieren de donde vinieren, es un deber de amor de Dios y al prójimo para que vivir de tal manera que nuestra muerte sea el resultado fiel de cómo hemos vivido. ¿No es aquí donde se justifica y adquiere su mayor grandeza evangélica el martirio?

El capítulo décimo tercero es un homenaje a Georges Gorree y Germain Chauvel que ya escribieron en 1968 un libro con el título “Misioneros que no evangelizaron”. Es una aplicación pastoral de la espiritualidad de encarnación anteriormente expuesta y vivida por Carlos de Foucauld y su discípulo y seguidor Albert Peyriguère. Este estilo evangelizador exige unas notas que le hacen singular a la hora de seguir y anunciar a Jesucristo, a saber, la austeridad de vida y la solidaridad con los pobres; la evangelización con la simple presencia; el cuidado y atención al diálogo interreligioso; la evangelización a través de la amistad y la imitación en su modo de vida y aspiraciones de los más pobres. El autor cita de nuevo al papa Francisco para mostrar la similitud de su proyecto evangelizador con el de Carlos de Foucauld.

El libro ofrece un apéndice donde de modo resumido y sintético, bajo el epígrafe de “La profecía de Carlos de Foucauld” el autor adelanta el futuro de la Iglesia en once proposiciones para terminar con la exclamación ¡O no será la Iglesia de Jesucristo! Hay que destacar también la selecta bibliografía al alcance del lector que
divide en cuatro apartados: escritos de Carlos de Foucauld; libros entorno a Carlos de Foucauld; obras de Albert Peyriguère; y obras de carácter general relacionadas con el tema.

La obra es oportuna como divulgación de la espiritualidad foucaldiana en este año 2016 en que se celebra el centenario de su muerte/asesinato al tiempo que es de fácil y atrayente lectura lo que la hace asequible a todo tipo de lector interesado sin más pretensiones que dar a conocer una espiritualidad que puede aportar mucho en el modo y forma de anunciar a Jesucristo en nuestros días. Obra de madurez que con el paso del tiempo será tenida como referencia por todos aquellos que quieran vivir el Evangelio de la mano del beato Carlos de Foucauld. 

MANUEL POZO OLLER

La pobreza evangélica

La bienaventuranza que Jesús prometió a los pobres no es únicamente promesa de vida futura..                



Artículo publicado en el Boletín Iesus Caritas 190


Michel Lafon

Vamos, a señalar los rasgos principales del semblante de la pobreza, tal y como nos la presenta Jesús en el Evangelio. La pobreza de Jesús es alegre, porque supone una liberación del espíritu. La bienaventuranza que Jesús prometió a los pobres no es únicamente promesa de vida futura. Esta alegría resplandece en todos los Santos que practicaron más particularmente la pobreza. Si tenemos esta alegría en nosotros, quiere decir que nuestro corazón está libre. Tendremos que aprender, por medio de esta alegría, a superar los deseos y las codicias para poder estar libres de todo apego y pertenecer tan sólo a Dios. Es una alegría misteriosa, ya que procede del Espíritu de Dios en nosotros, demostrando igualmente hasta qué punto la verdadera pobreza está en la línea del completo desarrollo del hombre. Quizá no poseeremos inmediatamente esta alegría, ni tampoco en todo momento, puesto que es fruto de una victoria sobre nosotros mismos, lo cual implica lucha. Tenemos que ejercitarnos en la alegría, dentro de la privación, cada vez que carezcamos de alguna cosa. Y llegaremos a preferir tener de menos que tener de más. Pero una privación sin alegría no es sana, no es una privación según el espíritu de Cristo. Esta alegría tiene otra causa más profunda, viene de que la pobreza, según el Evangelio, es una entrega demismo en manos de Dios. En esta situación, deseada por amor, está la realización concreta de un abandono realmente infantil, haciéndose casi sensible la paternal solicitud de Dios. Nadie puede comprender la alegría de esta experiencia personal de la Providencia, si no la experimentó. Esto supone, sin duda alguna, que la pobreza sea una renuncia deliberada y efectiva a todas las seguridades humanas y a toda avaricia. El pobre por Jesús deja en manos de la Providencia el cuidado de su porvenir: “Tampoco andéis vosotros buscando qué comeréis o qué beberéis, ni estéis con el alma colgada de un hilo (...) sino buscad el reino de Dios, y esas cosas se os darán por añadidura” (Lc 12, 29-31). “Poned los ojos en las aves del cielo, que ni siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta” (Mt 6, 26). Debemos tener una fe sencilla, como la que tienen los niños, y una confianza sin límites en esta promesa de Jesús. Nuestra pobreza alegre es un acto de fe y de abandono, y tiene que ser esto ante todo. 

Es preciso decir también que, si es cierto que se puede pecar contra la pobreza cristiana por prodigalidad, sucede con más frecuencia que se peque contra ella por un comienzo de avaricia, comienzo sutil, calificado de espíritu de pobreza. ¡Cuántas mezquindades, cuántas bajezas, cuántas estrecheces, cuántas faltas a la caridad, se cometen bajo la capa de la pobreza cristiana! En esto hay que tener mucho cuidado.


Dejarnos evangelizar por los pobres


La palabraDejarnos indica una actitud de acogida y apertura por nuestra parte...                       


Artículo publicado en el Boletín Iesus Caritas 190


Eutiquio Sanz


El título del artículo comienza con esta palabra: “Dejarnos, que indica una actitud de acogida y apertura por nuestra parte. Es una disposición teologal o pasiva, muy en consonancia con la contemplación, donde, sin nosotros proponérnoslo, descubrimos un sentido a la historia y el sentido de la misma, donde todo viene de Dios y Él hace en mí. El acoger supone la receptividad, el estar abiertos, la salida de mis seguridades, la no absolutización del yo y, por tanto, la necesidad y valoración del otro (aquí entraría en juego una disposición activa para que esa valoración sea efectiva, para descubrir el rostro original del hombre, que no es otro que la imagen y semejanza de Dios)

Pero nosotros estamos marcados por el criterio de la eficacia. Nuestra sociedad y nuestro mundo se rige por dicho criterio. Estamos condicionados por la productividad. Cada día oímos frases como hay que ser operativos y eficaceso hay que conservar la memoria productiva y no la reproductiva. Sabemos que haciendo las cosas a nuestro estilo van a tener un resultado y no acabamos de creernos lo del grano de trigo (Jn 12, 24).

Enlace al artículo completo:
http://www.carlosdefoucauld.es/pdf/Boletin-190.pdf#page=48

El banquete de los pobres

Es preciso ir, no allí donde la tierra es más santa, sino allí donde las almas tienen más necesidad.          
 
Artículo publicado en el Boletín Iesus Caritas 190


Hermanita Annie de Jesús






El Hermano Carlos, después de descubrir a un Dios Padre, que le ama y le busca por sus caminos errantes, intuye que le encontrará siguiendo los pasos de Jesús, la existencia humilde y oscura del divino obrero de Nazaret.

Buscando imitarle pasará por un monasterio trapense, por una ermita en el mismo Nazaret y por fin decidirá ser sacerdote. Antes de su ordenación, hace un retiro de elección que orienta alrededor de tres palabras de Jesús que le gustan de manera particular:
“Entre tus manos encomiendo mi espíritu”
“He venido a traer fuego a la tierra”
“Ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”
Y el futuro se aclara. No volverá más a Nazaret ya que: “Es preciso ir, no allí donde la tierra es más santa, sino allí donde las almas tienen más necesidad”.

Enlace al artículo completo:
http://www.carlosdefoucauld.es/pdf/Boletin-190.pdf#page=41

Carlos de Foucauld escribe de la Bienaventuranza de la pobreza

¡Cuán presto se hará pobre aquel que amándoos con todo su corazón, no podrá soportar ser más rico que su Bienamado!                

 Publicado en:




¡Oh, mi Señor Jesús, he aquí esta divina pobreza! ¡Cuán necesario es que me instruyáis! ¡Vos la habéis amado tanto! Desde el Antiguo Testamento habéis mostrado por ella todas vuestras complacencias... En vuestra vida mortal habéis hecho de ella vuestra fiel compañera ... La habéis dejado en herencia a vuestros santos, a todos aquellos que quieren seguros, a todos aquellos que quieren ser vuestros discípulos ... La habéis enseñado por los ejemplos de toda vuestra vida, la habéis glorificado, beatificado, proclamada necesaria, por vuestras palabras... Vos habéis escogido a vuestros padres entre pobres obreros... Habéis nacido en una gruta sirviendo de establo; habéis sido pobre en los trabajos de vuestra infancia; los primeros que os adoraron fueron pastores ... En vuestra presentación en el templo se ofreció el don de los pobres... Habéis vivido treinta años como un pobre obrero, en este Nazaret que yo tengo la dicha de pisar, donde yo tengo la alegría indecible, profunda, inexpresable, la bienaventuranza de recoger estiércol... Después, durante vuestra vida pública, habéis vivido de limosna en medio de pobres pescadores, que escogisteis como compañeros... «Sin una piedra donde descansar la cabeza...» En aquel tiempo, habéis dicho a Santa Teresa, que frecuentemente habíais dormido al sereno, por falta de un techo bajo el cual cobíjaros... Sobre el Calvario habéis estado despojados de vuestros vestidos, y lo único que poseíais, los soldados se lo han jugado entre ellos... Habéis muerto desnudo y habéis sido enterrado de limosna por extraños... «¡Bienaventurados los pobres!» 

Mi Señor Jesús, ¡cuán presto se hará pobre aquel que amándoos con todo su corazón, no podrá soportar ser más rico que su Bienamado!... Mi Señor Jesús, ¡cuán presto se hará pobre aquel que, pensando que todo lo que se hace a uno de
estos pequeños, os lo hace a Vos y que todo lo que no se hace a ellos, se deja de hacer a Vos; aliviará todas las miserias que halle en su camino!... ¡Cuán presto se hará pobre aquel que recibirá con fe vuestras palabras: «Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y dáselo a los pobres... ¡Bienaventurados los pobres, pues cualquiera que haya dejado sus bienes por Mí recibirá aquí abajo el ciento por uno y en el cielo la vida eterna! ... », y tantas otras

Dios mío, yo no si es posible a ciertas almas veros pobres y permanecer voluntariamente ricas; verse más grandes que su Maestro, que su Bienamado, y no querer parecerse a Vos en todo, aun en lo que depende de ellas, y sobre todo en vuestras humillaciones; yo bien deseo que ellas os amen, Dios mío, pero, sin embargo, yo creo que falta alguna cosa a su amor y, en todo caso, yo no puedo concebir el amor sin una necesidad, una necesidad imperiosa, de conformidad, de parecido y sobre todo de participación, en todas las penas, en las dificultades y en todas las durezas de la vida... Ser rico a mis anchas, vivir cómodamente de mis bienes, cuando Vos habéis sido pobre. sin dinero, viviendo penosamente de un duro trabajo: Por mi parte, yo no puedo. Dios mío... yo no puedo amar así..; «No conviene que el servidor sea mayor que su Dueño, ni que la esposa sea rica cuando el Esposo es pobre, cuando Él es voluntariamente pobre, sobre todo porque Él es perfecto... Santa Teresa, cansada de las instancias que la hacían para que aceptase rentas para su monasterio de Ávila, estaba a veces a punto de consentir, pero cuando volvía a su oratorio y veía la Cruz, caía a sus pies y suplicaba a Jesús, desnudo sobre esta Cruz, de hacerle la gracia de no tener nunca rentas y ser tan pobre como Él... Yo no juzgo a nadie, Dios mío; los demás son vuestros servidores y mis hermanos, y yo debo amarlos, hacerles el bien y orar por ellos; pero para mí me es imposible comprender el amor, sin la busca de la semejanza y sin la necesidad de participar todas las cruces...  

Y, por otra parte, sus bienes son inmensos; el pobre que no tiene nada, que no ama nada sobre la tierra, ¡tiene el alma bien libre'!... Todo le es igual: que se le envíe aquí o allá poco le importa; no tiene ni quiere nada en ninguna parte... Encuentra por todas partes a Aquel de quien solo espera todo. Dios, que le da siempre, si es fiel, lo que es mejor para su alma... ¡Qué libertad la suya! ¡Cuán ligero está su espíritu para subir al Cielo! ¡De qué manera nada entorpece a su alma! ¡Cómo sus pensamientos, desligados de todos los lazos terrenos, vuelan puros hacia el Cielo! ¡Cómo los pensamientos de las cosas materiales, pequeñas o grandes (pues las pequeñas, aun las más pequeñas, turban tanto como las grandes), le molestan poco en su oración!... ¡Todo esto no existe para él!...

«A esto es a lo que habéis llegado en la Santa Baume, bendita Santa Magdalena: Esa voz que Jesús me ha entregado para enseñarme la pobreza, yo la siento... La pobreza completa, perfecta, que no es solamente «no tener nada de más como posesión, ni en uso, que lo que tenga un pobre obrero», como yo he hecho el voto y lo pido a imitación de Jesús... Es más que esto la completa pobreza, es la pobreza de espíritu que habéis proclamado bienaventurada, mi señor Jesús, que hace que todo lo material sea totalmente indiferente, que se rompa con todo, lo mismo que Santa Magdalena en la Santa Baume; que no deje ninguna, ninguna atadura y lo deje todo por Dios sólo. Dios lo llena entonces y reina sólo; lo ocupa enteramente y le pone por encima de Él, por Él, para Él, el amor de todos los hombres, sus hijos. El corazón no conoce ni contiene más que estos dos amores; el resto no existe para Él y vive sobre la tierra como sino existiera, en continua contemplación de lo único necesario, del solo Ser y en intercesión por aquellos que el corazón de Dios quiere tanto amar...  

Mi Señor Jesús, dignaos hacerme Vos mismo esta meditación. Sois Vos el que habéis dicho: «No conviene que el discípulo sea mayor que el Maestro... » Vos me ordenáis por esto no estar por encima de Vos a los ojos de los hombres, en la vida de este mundo... ¿Cómo será necesario que yo practique la abyección?...

-Observa primeramente que después de haber dicho «el discípulo no será mayor que el Maestro», Yo he añadido: «Pero es perfecto si es semejante a su Maestro». Así, pues, no quiero que estés por debajo de lo que yo he estado, no quiero tampoco que seas inferior...Si existen excepciones, no es precisamente para ti, a quien tantas veces te he dado por vocación mi perfecta imitación, imítame, e imítame a Mí sólo... Procura, pues, ser a los ojos del mundo lo que Yo era En mi vida de Nazaret, ni más ni menos. Yo he sido pobre obrero, viviendo del trabajo de mis manos; he pasado por ignorante e iletrado; tenía por padres, prójimos, primos, amigos, a pobres obreros como Yo, artesanos y pescadores; les hablaba de igual a igual; estaba vestido y alojado como ellos, comía como ellos cuando estaba entre los mismos ... Como todos los pobres, estaba expuesto al desprecio, y es por lo que Yo, que no era a los ojos del mundo más que el pobre «Nazareno», por lo que fui tan perseguido y maltratado en mi vida pública, que cuando hablé la primera vez en la sinagoga de Nazaret quisieron despeñarme; que en Galilea se me llamaba Belcebú y en Judea demonio y poseído; que se me trataba como impostor y seductor y que se me hizo morir sobre el patíbulo entre dos ladrones. Se me miraba como un vulgar ambicioso... Pasa por esto que Yo he pasado, hijo mío;por ignorante, pobre, de nacimiento vulgar; para que lo seas realmente, sin inteligencia ni talento, ni virtud; busca en todo las ocupaciones más bajas; cultiva, sin embargo, tu inteligencia en la medida en que tu director espiritual te lo ordene; pero que esto sea a escondidas e ignorado del mundo. Yo era infinitamente sabio, pero se ignoraba; no temas instruirte, es beneficioso para tu alma; instrúyete con celo para ser mejor, para conocerme y amarme más, para conocer mejor mi voluntad y hacerla, y también para parecerte a Mí, la Ciencia perfecta; sé muy ignorante a los ojos de los hombres y muy sabio en la cienciadivina al pie de mi Sagrario... Yo era humilde y desdeñado sin medida; busca, pide las ocupaciones que te humillen más: recoger estiércol, cavar la tierra, todo lo que exista de más bajo y vulgar; cuanto más pequeño seas en este sentido más te parecerás a Mí... ¿Que se te mira como loco? ¡Mejor! Agradécelo infinito: a Mí se me trataba lo mismo; es un parecido que Yo te doy... ¿Que te tiran piedras, que se burlan de ti, que te dicen injurias en las calles? ¡Tanto mejor! Agradécemelo; es una gracia infinita que te hago, pues a Mí ¿no me hicieron otro tanto? ¡Cómo debes considerar te dichoso si Yo te doy este parecido! Pero no hagas nada para merecer este trato de excéntrico y extraño; [...]Haz todo lo que Yo habría hecho, todo lo que hice; no hagas más que el bien, pero dedícate
a los trabajos más viles, los más humillantes; muéstrate en todo por tus vestidos,
tu alojamiento, tus cortesías obsequiosas y fraternas para con los pequeños, al igual de los más humildes... Oculta con cuidado todo lo que pueda elevarte a los ojos del prójimo...  

[Escritos Espirituales de Carlos de Foucauld. 
Ermitaño del Sahara - Apóstol de los Tuareg
(Madrid 1958) 82-87]