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La alegría de creer

AUTOR: Madeleine Delbrel

TÍTULO: La alegría de creer

EDITORIAL: Sal Terrae

FECHA DE EDICIÓN: 1977

LUGAR: Santander (España)

FORMATO: 239,9 x 176,6 mm 248 pp.


Madeleine Delbrêl, mística cristiana francesa, asistente social, ensayista y poetisa, nació el 24 de octubre de 1904 en Mussidan en Dordogne en el seno de una familia indiferente a la religión. Se convierte al cristianismo a la edad de 20 años.

Trabajó como asistente social en la barriada obrera del extrarradio parisino Ivry-sur-Seine, que tenía autoridades municipales comunistas. Se enfrentó tanto con el ateísmo marxista, como con las precarias condiciones de vida de la clase trabajadora francesa. A lo largo de su vida, nunca dejó de anunciar, y vivir, el Evangelio, la mayoría de las veces a contracorriente.

Sus escritos manifiestan una intensa vida de fe y oración. Es considerada por muchos como una de las santas cristianas más emblemáticas del siglo XX. Murió el 13 de octubre de 1964. Está introducida en Roma su causa de beatificación.

La alegría de creer reúne sobre todo meditaciones sobre los caminos del amor a través de la soledad, el sufrimiento, la sencillez, la oración y la fidelidad al Evangelio y a la Iglesia. La originalidad de Madeleine Delbrel consiste en haber repetido, con dulce insistencia, que los hijos de Dios están, hoy como siempre, llamados a salvar al mundo con su compromiso eficaz en nombre de Jesucristo. Estas páginas, escritas entre 1935 y 1964, reflejan una vida que supo conjugar fidelidad y creatividad, realismo sobre la vida y sobre la historia y adhesión al Evangelio.

Dedica la autora un magnífico segundo capítulo a Carlos de Foucauld presentando su vida en acertada síntesis precedida por las palabras que citamos: “Quien no toma en sus manos el librito del Evangelio con la resolución de un hombre con una sola esperanza no puede ni descifrarlo ni recibir su mensaje” (Nous autres, gens des rues, p. 79).

MARÍA DEL CARMEN PICÓN.

Publicado en el Boletín Iesus Caritas 181

Cruz gloriosa


ANTONIO RODRÍGUEZ CARMONA

Meditación para el Viernes Santo
 

Primera lectura: Isaías 52,13-53.12
Salmo responsorial: Salmo 30
Segunda lectura: Hebreos 4,14-16; 5,7-9
Evangelio: Jn 18,-1-19,42
 


Las lecturas de esta celebración están centradas en la pasión de Jesús: la primera es el cuarto poema del Siervo de Yahvé, el más desarrollado, donde se le presenta como cordero inocente, representante de la humanidad, en cuyo favor sufre y muere. La carta a los Hebreos ofrece un comentario profundo de la muerte de Jesús y de sus consecuencias: muere anhelando la plenitud de la vida y la consigue para él y para nosotros. Ahora el Señor resucitado nos comprende, pues, aunque no puede sufrir, tiene la experiencia de lo que es una existencia humana amando y sirviendo a los demás.
 

Finalmente la pasión según san Juan es el relato más sublimado de la pasión de Jesús, en el que la presenta como el camino regio de un rey hacia su trono. Jesús aparece consciente, libre y dueño de su destino y de los acontecimientos: cuando lo van a detener se revela como Yo soy (nombre divino), da permiso para que lo detengan y ordena que dejen en libertad a sus discípulos. En la escena ante Anás se comporta con plena dignidad y libertad.
 

En el diálogo con Pilatos no se sabe quién es el juez y quién el reo, pues Jesús está en el centro de la escena junto a Pilato. Estos diálogos culminan en dos grandes revelaciones: he aquí el hombre, es decir, hasta donde es capaz de llegar el Hijo de Dios encarnado por amor a los hombres, y he aquí vuestro rey, es decir, Jesús es verdaderamente rey pero en su total entrega y humillación. En la cruz Jesús aparece con su título de rey de los judíos en todas las lenguas conocidas, presentándose así a todo el mundo; hasta el último momento vive cuidadoso de cumplir la voluntad del Padre hasta en los últimos detalles. Y finalmente, a la hora de morir, lo hace libremente: San Juan lo subraya escribiendo e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

La Eucaristía, memorial de Jesús


ANTONIO RODRÍGUEZ CARMONA

Meditación para el Jueves Santo
Primera lectura: Éxodo 12,1-8.11-14
Salmo responsorial: Salmo 115
Segunda lectura: 1 Corintios 11,23-26
Evangelio: Juan 13,1-5

La celebración vespertina del Jueves Santo recuerda la institución de la Eucaristía e invita a valorar y a vivir las implicaciones de su celebración, que ordenó Jesús como su memorial.
 
El memorial es una creación del AT que sólo es posible por el poder de Dios: se trata de recordar un acontecimiento del pasado y, a la vez, hacerlo presente para aprovecharse de sus virtualidades. De esta forma todas las generaciones pueden participar de las grandes intervenciones de Dios en la historia en favor de su pueblo. En concreto, en la celebración de la Pascua, se actualiza a favor de cada generación la acción liberadora de Dios, que liberó al pueblo de la esclavitud y le concedió la libertad. Es una de las fiestas principales del pueblo judío, que celebra cada año en contexto de liberación y solidaridad. La recuerda la primera lectura, que en este contexto tiene carácter de anuncio de otra liberación mayor que concederá Dios a su pueblo.

La segunda lectura presenta la Eucaristía como cumplimiento de lo que aquella Pascua recordaba y como auténtico memorial, es el memorial de la muerte y resurrección de Jesús, verdadera Pascua, en que la humanidad, unida a Jesús, pasa de este mundo al Padre, de la esclavitud a la libertad, consiguiendo en plenitud la solidaridad y liberación que significaba.

El evangelio completa esta presentación. La Eucaristía es signo sacramental eficaz de todo el ministerio de Jesús, especialmente de su muerte y resurrección: Víspera de la Pascua. 

Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos, los amó hasta la plenitud. Todo el ministerio de Jesús es expresión de su amor, pero su muerte es expresión de que amó todo lo que pudo amar. Es importante notar que, a continuación, Juan no narra la institución de la Eucaristía, como cabría esperar, solo el lavatorio de los pies, seguido del mandato de que lo hagamos también nosotros. Es que para Juan lavatorio es símbolo de la Eucaristía y el mandato de lavarnos equivale a haced esto como mi memorial.

Esto ofrece la clave para comprender lo que es celebrar el memorial: no sólo celebrar un rito como el que realizó Jesús, sino además hacerlo con las mismas disposiciones de Jesús: amor, solidaridad, compromiso por la libertad del hombre. Esto es una invitación a valorar lo que significa la Eucaristía y a examinar cómo la celebramos y compartimos: Si Jesús se consagró a hacer la voluntad del Padre por amor, celebrar el memorial es consagrarse a hacer la voluntad del Padre por amor; si Jesús ama a sus hermanos, se siente solidario con ellos y da su vida por su liberación, celebrar el memorial es un serio compromiso de trabajar por la liberación de las esclavitudes que padece la humanidad; si Jesús da su vida para reunir todos los hombres en un solo cuerpo, celebrar el memorial es trabajar por la unidad de la Iglesia y la humanidad... La Eucaristía emplea como materia pan y vino, dos alimentos sustanciales del hombre, significando así que está llamada ser alimento. Pero sólo alimenta si se digiere personalmente lo que significa el memorial de Jesús. Se puede comer mucho sin que alimente.

En esta misma línea está la adoración a la Eucaristía, que es prolongación de la celebración del memorial. En ella se nos invita a unirnos con calma a Jesús y compartir sus sentimientos de adoración y acción de gracias al Padre y su intercesión y compromiso a favor de la humanidad. La Iglesia invita de manera especial a adorar la Eucaristía hoy como una ocasión para agradecer el memorial y profundizar en lo que significa.

Hoy también recuerda la Iglesia el sacerdocio ministerial, instituido por Jesús al servicio de la Eucaristía, que es su tarea fundamental, pues toda su actividad se reduce a anunciar la palabra de Dios al pueblo para que se una al sacrificio existencial de Cristo, celebrar el memorial del sacrificio, uniéndose a él junto con el pueblo, y ayudar a éste en la vivencia diaria de este sacrificio.

Alegría que resucita



Texto citado en el Boletín Iesus Caritas 181




PAUL CLAUDEL,
El Padre Humillado, Ed. Gallimard,1920.






«¡Hacedles comprender que no tienen
otro deber en el mundo fuera de la alegría!

La alegría que nosotros conocemos,
la alegría que hemos sido encargados de darles,
hacedles comprender que no se trata de una palabra vaga,
un insípido lugar común de sacristía.

¡Sino una horrible, una soberbia,
una absurda, una punzante realidad!,
y que a su lado todo lo demás es nada.

¡Algo de humilde y de material y de punzante,
como el pan que se desea,
como el vino que ellos encuentran tan bueno,
como el agua que hace morir si no os dan de ella,
como el fuego que quema,
como la voz que resucita los muertos!»

La Alegría


JOSÉ-ROMÁN FLECHA ANDRÉS

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Así comienza la exhortación “Evangelii gaudium”, es decir, “La alegría del Evangelio”.

Este documento ha sido firmado por el Papa Francisco el día 24 de noviembre, en el que se clausuraba el Año de la Fe. Bien sabemos que, aun conociendo la tristeza que embargaba a sus discípulos en la hora de la despedida, les prometía Jesús una alegría que nadie les podría arrebatar (Jn 16, 22). Y san Pablo entiende la alegría como fruto del Espíritu, justo después del amor (Gál 5, 22). 

Sin embargo, a Nietzsche los cristianos le parecíamos sepultureros. Seguramente no siempre hemos visto la alegría como un don de Dios y como una virtud que hay que cultivar. Sería una ingratitud hacia Dios despreciar las sanas alegrías que Él ha puesto en los corazones humanos. Nada humano nos es ajeno, como decía el poeta romano Terencio.

Como evocando el verso de aquel esclavo, el Concilio Vaticano II afirma que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (GS 1).

En una hermosa exhortación a la esperanza, a los diez años de la clausura del Concilio, escribía el Papa Pablo VI: “La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil generar alegría. Porque la alegría tiene otro origen. Es espiritual. A veces no faltan el dinero, la comodidad, la higiene y la seguridad material; pero el tedio, la aflicción y la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos”.

De forma semejante, el Papa Francisco escribe ahora que “el gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada”.

En vísperas de la Navidad del año 2008, Benedicto XVI nos decía que “ante el belén, podremos gustar la alegría cristiana, contemplando en Jesús recién nacido el rostro de Dios que por amor se acercó a nosotros”.

Así pues, no podemos confundir la alegría con las satisfacciones inmediatas. Tampoco podemos encerrarnos en el regusto de una pretendida alegría individualista que ignore el sufrimiento de nuestros hermanos. Hemos de vivir con la alegría que el ángel anunciaba a los pastores que pasaban la noche al raso en los campos de Belén.

El anuncio es la clave. Porque “la alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera”. Ese es el camino que nos señala el Papa Francisco: transmitir con alegría la Buena noticia que hemos recibido.

La Alegría que canta

Diario de un convertido, Alba (CN), Ed. Paoline, 1957.


«Estoy sentado en mi pieza al lado de la lámpara, con la ventana abierta, mientras cae la tarde.

La tierra se sumerge en el silencio. Un viento suave hace sonar las ramas de los árboles. Un pájaro canta tímidamente, el cual no enturbia el silencio que crece más y más.

Pero en mí hay mucho ruido... Es la alegría que canta. Antes mi ser estaba despedazado por la inquietud y la desesperación. Me lanzaba en todas direcciones; en la noche buscaba la vida, quería liberarme de mis angustias, pero era impotente. De repente, ¡oh milagro!, la brillante luz apareció. 

Entonces caí en tierra. ¡Oh belleza, oh Omnipotencia! Oh Jesús, te pertenezco para siempre, para siempre, para siempre. “Deus meus et omnia”».

La perfecta alegría

Las Florecillas de san Francisco, escrito de un autor desconocido en dialecto toscano, fueron escritas en la segunda mitad del siglo XVI. El maravilloso relato de Las Florecillas nos hace vislumbrar el secreto para vivir en perfecta alegría.

El Boletín Iesus Caritas 181 publica un extracto de "San Francisco de Asís. Escritos. Biografías":

El gozo de poseer a Dios

San Agustín
Confesiones, BAC Minor, 2013, cap. 26-27.

“En todas partes estáis, Verdad eterna, presidiendo a todos los que os consultan y se aconsejan de Vos, y a todos les respondéis aunque os pregunten cosas muy diferentes. Bien claramente les respondéis a todos, pero no todos oyen vuestras respuestas claramente. El mejor siervo es aquel que no atiende tanto a oír de Vos lo que él desea y quiere, como a querer y ejecutar lo que de Vos oyere.

Tarde os amé; Dios mío, hermosura tan antigua y tan nueva; tarde os amé. Vos estabais dentro de mi alma, y yo distraído fuera, y allí mismo os buscaba; y perdiendo la hermosura de mi alma, me  dejaba llevar de estas hermosas creaturas exteriores que Vos habéis creado. De lo que infiero que Vos estabais conmigo y yo no estaba con Vos… Pero Vos me llamasteis y disteis tales voces a mi alma, que cedió a vuestras voces mi sordera. Brilló tanto vuestra luz, fue tan grande vuestro resplandor, que ahuyentó mi ceguedad. Me disteis a gustar vuestra dulzura, y ha excitado en mi alma un hambre y sed muy viva. En fin, Señor, me tocasteis y me encendí en deseos de abrazaros”.

Citación publicada en el Boletín Iesus Caritas 181

No podemos vivir sin alegría




René Voillaume

Las alegrías humanas más puras nos vendrán de la amistad, y nosotros no podemos vivir sin alegría. De igual manera que la amistad sobrenatural no podría concebirse sin la forma de una amistad humana muy sencilla, de igual modo creo que debemos aprender de nuevo a percibir las alegrías más sencillas. Hay placeres y hay alegría. Se puede renunciar a los placeres, pero no se tiene derecho a renunciar a la salud moral que da la alegría. Renunciar a
ciertas satisfacciones humanas no debe entrañar la renunciación a la alegría.
Jesús es para nosotros la fuente única de las alegrías supremas: alegría de poseer la verdad, alegría de ser «admitido» a entrar en los secretos de Dios, alegría de la fecundidad inmediata de la cruz, alegría de la eficacia de la oración, alegría de la esperanza y de la expectación, alegría de saber con certeza que Aquel al que nosotros amamos por encima de todo es definitivamente dichoso. Todas las alegrías están enraizadas en la fe y en la esperanza, pero ellas se encuentran también, como nuestra fe, esperando su plena realización.

Pero hay otras alegrías, más inmediatas, alegrías sencillas, humanas, que son como el brillo de la salud del corazón y del alma. Estas alegrías humanas vuelven a encontrar, en efecto, como un brillo nuevo muy puro, cuando nuestro corazón, por el desasimiento, se encuentra sólidamente anclado por la esperanza en la única gran alegría de poseer a Dios. Nosotros no podemos vivir nuestra vida de hombres sin alegrías humanas. La tristeza aceptada, acogida, es siempre, al menos, una imperfección, es un relajamiento de las fuerzas de la generosidad y del amor y mata la esperanza.

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