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Alegría Pascual


Alfonso Milián Torribas

Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva etapa histórica, que está coincidiendo con el inicio del tercer milenio. Todo nacimiento conlleva dolor, superado después por una inmensa alegría. “Cuando una mujer va a dar a luz, siente tristeza porque le ha llegado la hora; pero cuando el niño ha nacido, su alegría le hace olvidar el sufrimiento pasado y está contenta por haber traído un niño al mundo (...) pues lo mismo vosotros: de momento estaréis tristes; pero volveré a veros y de nuevo os alegraréis con una alegría que nadie os podrá quitar” (Jn 16, 21-22).
 
Ante este momento tan importante: “¿verlas venir?” o ¿“arrimar el hombro”?, ¿ser “comadronas”? ¿Qué podemos aportar? La Buena Noticia: a Jesucristo y su evangelio. Su nacimiento produce alegría: “Os anuncio una gran alegría que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11). El corazón que se siente habitado por la Trinidad rebosa de gozo, alegría y paz. Una alegría que forma parte connatural de su existir y que le sale por los poros de su cuerpo porque se siente querido y al mismo tiempo enviado a comunicar esa experiencia a todos.
 
Las comadronas (evangelizadores) del mundo en esta etapa histórica que nace no pueden ser personas tristes, pesimistas, desalentadas, impacientes o ansiosas, sino personas que rebosan alegría, la alegría de un enamorado, enamorados de Dios, dispuestas a consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo.

La alegría es una manifestación de la paz interior: sentirse amado por Dios y amar al prójimo con la fuerza del Espíritu Santo. No podemos llevar la buena nueva sin alegría. Cuando la revisión de vida o el análisis de la situación o la reflexión sobre las propuestas de acción, están marcadas por el mal humor, por la amargura, por la propuesta agria, por la ira o la tristeza, por el pensamiento absoluto, de tal modo que no queda espacio para la esperanza y confianza en Dios, no está el Espíritu de Dios actuando en este tipo de reflexiones.

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La pascua de Jesús, fuente de nuestra comunidad evangélica


Enrique González Lorca

Desde hace seis años la Fraternidad de Jesús viene compartiendo los días del triduo pascual con la comunidad parroquial de Ntra. Sra. de la Piedad de Perín de Cartagena acompañados por la presencia de hermanos y hermanas de la Comunitat de Jesús.

A continuación expresamos algunas de las notas distintivas que dan sentido profundo a la vivencia de la Pascua en esta experiencia y que pensamos que coinciden con la llamada a una celebración viva y auténtica que nos hace el Concilio Vaticano II.

La constitución conciliar «Sacrosanctum concilium»

Misterio pascual es una expresión y una categoría teológico-litúrgica que no se había usado en un documento magisterial de la Iglesia oficial hasta la llegada del Vaticano II. He aquí una de las paradojas sorprendentes con que nos encontramos en la historia y evolución de la teología, la liturgia y la espiritualidad. Lo que desde el Vaticano II se ha convertido en piedra angular de la reflexión litúrgica y del lenguaje celebrativo, se hallaba ausente de los grandes documentos papales, de los textos o manuales de teología y de los libros de piedad anteriores al Concilio. El término en cuanto tal tampoco aparece en el Nuevo Testamento (ni en el Antiguo).

En la constitución sobre la sagrada liturgia del Vaticano II, la expresión misterio pascual aparece ocho veces. Y no sólo eso. Se halla situada en los pasajes centrales de este documento capital del último concilio. Es una categoría que vertebra toda la doctrina conciliar sobre lo que es la liturgia. En torno a ella gira la enseñanza de la Sacrosanctum concilium sobre la celebración de la Iglesia.

La Sacrosanctum concilium comienza su capítulo I partiendo de la cristología y afirmando que Cristo realizó la obra de redención «principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión» (SC 5). Por este misterio, «con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró la vida» (prefacio de Pascua). Seguidamente se hace la aplicación de esta cristología a la sacramentalidad y a la liturgia: «Por el bautismo los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con él, son sepultados con él y resucitan con él; reciben el espíritu de adopción de hijos, por el que clamamos: Abba, Padre, y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre (Rom 6,4; Ef 2.6; Col 3,1; 2Tim 2,11). Asimismo cuantas veces comen la cena del Señor proclaman su muerte hasta que vuelva» (SC 6).

Misterio pascual y eucaristía. La Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual celebrando la eucaristía. «La liturgia de los sacramentos y de los sacramentales hace que, en los fieles bien dispuestos, casi todos los actos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, del cual todos los sacramentos y sacramentales reciben su fuerza» (SC 61).

La Pascua de Jesús, centro y fuente de vida cristiana. El Tiempo Pascual comprende cincuenta días, vividos y celebrados como un solo día:
"Los cincuenta días que median entre el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés se han de celebrar con alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo" (Normas sobre el calendario, n. 22).

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:
http://www.carlosdefoucauld.es/pdf/Boletin-179.pdf#page=57