Antonio Murcia Santos
Leemos en la Constitución Española (de 1978): “Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia” (art. 35.1), y más adelante: “los poderes públicos promoverán las condiciones favorables para el progreso social y económico y para una distribución de la renta regional y personal más equitativa… De manera especial realizarán una política orientada al pleno empleo” (art. 40.1).
Leemos también, en la prensa de hoy (17 de abril de 2013), que el Fondo Monetario Internacional empeora su previsión para España drásticamente: un 27 por ciento de paro en 2013. Esta horquilla de discursos y lecturas puede ilustrar bien la diferencia que media entre el papel mojado de las grandes palabras y el bofetón que la realidad social propina a quien quiera mirarla con un mínimo de objetividad. La violencia del bofetón adquiere sus reales proporciones cuando se calcula en las dimensiones universales del hambre y la miseria a que nuestro mundo condena a tantos millones de seres humanos.
¿Qué dice del trabajo la Iglesia? El n. 67 de la constitución pastoral Gaudium et spes recoge la respuesta estandarizada que el catolicismo oficial da a esta pregunta en la época contemporánea. Se nos dice: 1) que el trabajo, el factor humano, tiene prioridad sobre el resto de factores presentes en la actividad laboral y económica; 2) que ha de ser fuente de sustento del trabajador y de los suyos; 3) que ha de permitir el ejercicio de la caridad; que une al cristiano con el Creador y con el Redentor, de quien se dice que fue un trabajador; 4) que es un deber; 5) que es un derecho, que incluye la oportunidad de trabajar y la remuneración justa correspondiente; 6) que se realiza asociadamente; 7) que las leyes (económicas, del mercado) han de supeditarse al bien del trabajador; 8) que el trabajador tiene derecho al descanso y al tiempo libre…
¿Quién habla y quién es su destinatario? Si preguntamos por la procedencia de estas tesis católicas sobre el trabajo humano nos encontraremos remitidos a diversas fuentes de una misma tradición. Es de origen bíblico la concepción del trabajo como un deber, mejor dicho, como un castigo, consecuencia de la
transgresión primordial adámica. De origen bíblico, igualmente, la idea del trabajo como un derecho, mejor dicho como una capacidad por la que el hombre se asemeja y colabora con su Creador. La referencia a la condición de trabajador manual aplicada a Cristo Redentor tiene su ubicación propia más en la teología medieval de los misterios de la vida de Cristo (su “vida oculta” en Nazaret) que en la tradición del Nuevo Testamento.
Los aspectos filosóficos y antropológicos del trabajo como fuente de realización humana son deudores del humanismo cristiano y del personalismo del siglo XX. Y la conexión ética entre el trabajo y el desideratum del “salario justo” es igualmente un tópico de la doctrina social eclesiástica, adecuación, a su vez, de la doctrina tomista sobre esta materia como respuesta a la cuestión social desde finales del siglo XIX. Un análisis más detallado, y que repasase el curso seguido para la redacción de este número de Gaudium et spes, confirmaría éstas y otras tesis de procedencia diversa que confluyen en la doctrina católica actual sobre el trabajo humano.
El mero hecho de que el Concilio se pronunciase sobre esta materia, en continuidad con la llamada “doctrina social” de los papas anteriores, se valoró como logro y mérito indiscutible, y el párrafo en cuestión fue saludado diciendo que “la simpatía del Concilio está de parte de los trabajadores y de su dignidad humana” (Rahner y Vorgrimler). Haciendo suyas algunas reivindicaciones tradicionales del movimiento obrero occidental, los padres conciliares entendían ser fieles a la intención programática que les guiaba: resonaban en su corazón “el gozo y la esperanza, las lágrimas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos” (GS, 1).
Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:
http://www.carlosdefoucauld.es/pdf/Boletin-179.pdf#page=51
http://www.carlosdefoucauld.es/pdf/Boletin-179.pdf#page=51