Si hacemos caso a lo que dice la sociología descriptiva, podríamos destacar tres valores fundamentales en la juventud actual de nuestro entorno.
Editorial
“Jóvenes, os he escrito porque sois fuertes y
la Palabra de Dios permanece en vosotros" (1Jn 2,14)
Julio - Septiembre de 2.018
TRES VALORES DE LA JUVENTUD ACTUAL
Si hacemos caso a lo que dice la sociología descriptiva, podríamos destacar tres valores fundamentales en la juventud actual de nuestro entorno. En cada uno de ellos intentaré, por un lado, describir lo que significa; por otro, detectar su ambigüedad; y, finalmente, reconocer su valía y lo que tiene de interpelación.
En primer lugar, está el deseo de ser libres («Be free»). Desde siempre, la juventud ha simbolizado el ímpetu de la libertad, pero también es cierto que los jóvenes de hoy ofrecen unas características peculiares: han nacido y crecido en la democracia, en libertad (los que nacieron en 1.975 tienen ya más de 40 años). No conocen otro horizonte político ni otro entorno cultural. y como, además, viven sin las penurias económicas de décadas pasadas, su libertad implica también la posibilidad de ejercer el consumo con bastante eficiencia.
Valoran profundamente la libertad, hasta el punto de no poder imaginar una vida en la que ella esté ausente; pero en realidad no está claro que la ejerzan, en parte quizá porque la dan por supuesta, no han tenido que luchar por ella. Se ha hablado de que nuestro mundo nos ofrece una cierta «sensación de libertad» que, a la vez, atrofia nuestra capacidad de ejercer esa misma libertad.
La ambigüedad en el modo juvenil de situarse ante la libertad es clara: una libertad ala carta, centrífuga, sin compromisos estables, desvinculada del bien común... Una libertad -de, pero no una libertad- para. Una libertad sin proyecto propio, víctima fácil de todo tipo de manipulación. De acuerdo. Pero el reto está ahí: nunca la sociedad podrá acercarse a los jóvenes si no mira de frente sus ansias de libertad, aunque necesariamente sea para purificarlas y hacerlas más auténticas, encarnadas y radicales. A este propósito recuerdo un conocido, al tiempo demoledor, chiste de Forges, en el que un joven reflexiona en solitario: «Soy libre... puedo elegir el banco que me exprima; la cadena de televisión que me embrutezca; la petrolera que me esquilme; la comida que me envenene; la red de telefonía que me time; el informador que me desinforme y la opción política que me desilusione. Insisto: soy libre».
Tener experiencias («puenting»): otro de los valores esenciales de nuestra juventud. Romper el aburrimiento, hacer algo, vivir lo instintivo, hacer caso a los impulsos inmediatos, disfrutar, no tener que dar razones para hacer lo que me apetece... eso es un valor para los jóvenes (por mucho que a los adultos pueda desconcertarles o molestarles). Ahí están los deportes de riesgo o de aventura, la pluralidad de experiencias, el interés por experiencias religiosas diferentes, los nuevos juegos animados por ordenador...
Alguien ha dicho que la juventud actual no se orienta por brújula, sino por radar. Es decir, que no tiene un norte fijo al que seguir, sino que más bien experimenta distintas cosas, prueba, recibe estímulos diversos... y, a partir de ahí, intenta sacar sus propias conclusiones provisionales para seguir avanzando. Podrá gustar más o menos, pero es un dato incontestable que está ahí y que no debemos olvidar. Y es, además, un reto permanente para la sociedad, que deberá ofrecer a los jóvenes algo que experimentar (¡algo que ella misma ha experimentado!), y no meramente ideas, historias pasadas o buenos deseos.
Obviamente, este hecho tiene también unas consecuencias dramáticas para los propios jóvenes, pues al verse sometidos a un nivel tal de excitación (sobreexcitación), encuentran cada vez más difícil acceder a alguna experiencia gratificante. La dinámica de buscar experiencias siempre nuevas y cada vez más llamativas corre veloz, de la mano acechante del desencanto. Ahí tenemos otro desafío para hacer personas libres y responsables.
Quizá el símbolo juvenil por excelencia de este momento sea el teléfono móvil («Connecting people»). Desde siempre los adolescentes y jóvenes se han mandado mensajes en el colegio a espaldas de los profesores; pero, con la ayuda de la técnica, la cosa ahora es mucho más eficaz: se ofrece al joven la oportunidad de estar conectado con sus amigos, de mandarles un mensaje, de «darles un toque» (aunque el contenido sea en sí insustancial; lo importante es la sensación de saberse conectados).
En medio del anonimato (y de la soledad), el teléfono móvil, las macrofiestas, Internet, el correo electrónico, los conciertos de música pop y, especialmente, los macrofestivales veraniegos, el «chateo», el botellón o los programas interactivos de televisión ofrecen otras tantas oportunidades de encontrarse con otros, de sentirse acompañado, de experimentar vínculos (aunque sean virtuales).
Conclusión
Si necesaria y útil es la reflexión sobre los jóvenes desde todos los campos del saber, sin duda alguna, se hace necesario dejar de hablar de los jóvenes para que éstos sean en responsabilidad los verdaderos constructores de su historia
personal.