ESTANISLAO LYONNET, S.J., en Boletín Jesus Caritas, Edic. Latinoamericana, n. 12, (abril 1967), pp. 9-12.
Para hacer esta meditación tomaremos un texto de san Pablo donde aparecen en términos claros la ley de todo apostolado (2 Cor 12,1-10).
San Pablo recuerda a los Corintios las gracias extraordinarias que recibió hace “14 años” o sea a los 43 ó 44 años, cuando se prepara para empezar su apostolado: “¿Hay que seguir presumiendo? Aunque es del todo inútil, me referiré a las visiones y revelaciones del Señor. Conozco a un cristiano que hace catorce años –si fue con cuerpo o sin cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe- fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y me consta que ese hombre –si fue con cuerpo o sin cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe- fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede expresar. De ese hombre presumiré, porque, en cuanto a mí, sólo presumiré de mis flaquezas”.
A esta primera revelación añade otra de diferente índole: “Precisamente para que no me sobreestime, tengo un aguijón clavado en mi carne, un agente de Satanás encargado de abofetearme para que no me enorgullezca. He rogado tres veces al Señor para que apartase esto de mí, y otras tantas me ha dicho: «Te basta mi gracia, ya que la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad».
Gustosamente, pues, seguiré presumiendo de mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo” (vv. 7-9). Este término bastante misterioso de “aguijón en la carne” ¿es acaso una enfermedad crónica que se manifestaba periódicamente? Muchos piensan así, y es posible. Pero lo importante es recordar que él veía en eso un obstáculo para cumplir la misión que él tenía de predicar el Reino de Dios. Es un mensajero de Satán “ese enemigo del género humano” que “arrebata del corazón la palabra para que no crean y se salven” (Lc 8,12).
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