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El Concilio Vaticano II

AUTOR: André Dupleix
 

TÍTULO: El Concilio Vaticano II
 

FECHA DE EDICIÓN: 2012
 

LUGAR: Madrid
 

EDITORIAL: Ciudad Nueva. Colec. 15 días con
 

FORMATO: 128 páginas
 


Monseñor André Dupleix, sacerdote de la diócesis de Bayona (Francia), doctor en teología y rector honorario del Instituto Católico de Toulouse, nos invita a acercarnos al Vaticano II con una actitud de oración, para percibir en la diversidad de los escritos, la presencia y luz del Espíritu en este gran acontecimiento que despertó una nueva esperanza en la Iglesia.

Dupleix divide el libro en varias partes, hace un recorrido por las constituciones, decretos y declaraciones conciliares, así como los distintos mensajes dirigidos al mundo.
 

La primera parte son los fundamentos, que por su presencia en el mundo, la Iglesia, pueblo de Dios y comunión de fieles, transmite la Palabra revelada y celebra en la liturgia la resurrección de Cristo. La segunda son los signos de la Gracia, que en su diversidad de carismas, responsabilidades y opciones de vida, así como las tradiciones espirituales, atestiguan la riqueza de la gracia y el don que los fieles bautizados hacen de su persona por amor, desde el ministerio pastoral de los obispos, en el ministerio y vida de los presbíteros, la renovación de la vida religiosa, la responsabilidad de los fieles cristianos laicos y la diversidad de las Iglesias orientales católicas. La tercera parte va dirigida a los medios, la Iglesia, en su misión de evangelización, asume una responsabilidad educativa y formativa y procura los medios para una difusión universal del mensaje de Cristo, a través de los medios de comunicación social.
 

El autor cierra cada uno de los capítulos con distintos textos bíblicos y con una oración y así nos conduce a reflexionar y orar personalmente. 

MARÍA DEL CARMEN PICÓN SALVADOR

La pascua de Jesús, fuente de nuestra comunidad evangélica


Enrique González Lorca

Desde hace seis años la Fraternidad de Jesús viene compartiendo los días del triduo pascual con la comunidad parroquial de Ntra. Sra. de la Piedad de Perín de Cartagena acompañados por la presencia de hermanos y hermanas de la Comunitat de Jesús.

A continuación expresamos algunas de las notas distintivas que dan sentido profundo a la vivencia de la Pascua en esta experiencia y que pensamos que coinciden con la llamada a una celebración viva y auténtica que nos hace el Concilio Vaticano II.

La constitución conciliar «Sacrosanctum concilium»

Misterio pascual es una expresión y una categoría teológico-litúrgica que no se había usado en un documento magisterial de la Iglesia oficial hasta la llegada del Vaticano II. He aquí una de las paradojas sorprendentes con que nos encontramos en la historia y evolución de la teología, la liturgia y la espiritualidad. Lo que desde el Vaticano II se ha convertido en piedra angular de la reflexión litúrgica y del lenguaje celebrativo, se hallaba ausente de los grandes documentos papales, de los textos o manuales de teología y de los libros de piedad anteriores al Concilio. El término en cuanto tal tampoco aparece en el Nuevo Testamento (ni en el Antiguo).

En la constitución sobre la sagrada liturgia del Vaticano II, la expresión misterio pascual aparece ocho veces. Y no sólo eso. Se halla situada en los pasajes centrales de este documento capital del último concilio. Es una categoría que vertebra toda la doctrina conciliar sobre lo que es la liturgia. En torno a ella gira la enseñanza de la Sacrosanctum concilium sobre la celebración de la Iglesia.

La Sacrosanctum concilium comienza su capítulo I partiendo de la cristología y afirmando que Cristo realizó la obra de redención «principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión» (SC 5). Por este misterio, «con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró la vida» (prefacio de Pascua). Seguidamente se hace la aplicación de esta cristología a la sacramentalidad y a la liturgia: «Por el bautismo los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con él, son sepultados con él y resucitan con él; reciben el espíritu de adopción de hijos, por el que clamamos: Abba, Padre, y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre (Rom 6,4; Ef 2.6; Col 3,1; 2Tim 2,11). Asimismo cuantas veces comen la cena del Señor proclaman su muerte hasta que vuelva» (SC 6).

Misterio pascual y eucaristía. La Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual celebrando la eucaristía. «La liturgia de los sacramentos y de los sacramentales hace que, en los fieles bien dispuestos, casi todos los actos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, del cual todos los sacramentos y sacramentales reciben su fuerza» (SC 61).

La Pascua de Jesús, centro y fuente de vida cristiana. El Tiempo Pascual comprende cincuenta días, vividos y celebrados como un solo día:
"Los cincuenta días que median entre el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés se han de celebrar con alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo" (Normas sobre el calendario, n. 22).

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:
http://www.carlosdefoucauld.es/pdf/Boletin-179.pdf#page=57

La doctrina del Vaticano II sobre el trabajo humano


Antonio Murcia Santos

Leemos en la Constitución Española (de 1978): “Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia” (art. 35.1), y más adelante: “los poderes públicos promoverán las condiciones favorables para el progreso social y económico y para una distribución de la renta regional y personal más equitativa… De manera especial realizarán una política orientada al pleno empleo” (art. 40.1).

Leemos también, en la prensa de hoy (17 de abril de 2013), que el Fondo Monetario Internacional empeora su previsión para España drásticamente: un 27 por ciento de paro en 2013. Esta horquilla de discursos y lecturas puede ilustrar bien la diferencia que media entre el papel mojado de las grandes palabras y el bofetón que la realidad social propina a quien quiera mirarla con un mínimo de objetividad. La violencia del bofetón adquiere sus reales proporciones cuando se calcula en las dimensiones universales del hambre y la miseria a que nuestro mundo condena a tantos millones de seres humanos.

¿Qué dice del trabajo la Iglesia? El n. 67 de la constitución pastoral Gaudium et spes recoge la respuesta estandarizada que el catolicismo oficial da a esta pregunta en la época contemporánea. Se nos dice: 1) que el trabajo, el factor humano, tiene prioridad sobre el resto de factores presentes en la actividad laboral y económica; 2) que ha de ser fuente de sustento del trabajador y de los suyos; 3) que ha de permitir el ejercicio de la caridad; que une al cristiano con el Creador y con el Redentor, de quien se dice que fue un trabajador; 4) que es un deber; 5) que es un derecho, que incluye la oportunidad de trabajar y la remuneración justa correspondiente; 6) que se realiza asociadamente; 7) que las leyes (económicas, del mercado) han de supeditarse al bien del trabajador; 8) que el trabajador tiene derecho al descanso y al tiempo libre… 

¿Quién habla y quién es su destinatario? Si preguntamos por la procedencia de estas tesis católicas sobre el trabajo humano nos encontraremos remitidos a diversas fuentes de una misma tradición. Es de origen bíblico la concepción del trabajo como un deber, mejor dicho, como un castigo, consecuencia de la
transgresión primordial adámica. De origen bíblico, igualmente, la idea del trabajo como un derecho, mejor dicho como una capacidad por la que el hombre se asemeja y colabora con su Creador. La referencia a la condición de trabajador manual aplicada a Cristo Redentor tiene su ubicación propia más en la teología medieval de los misterios de la vida de Cristo (su “vida oculta” en Nazaret) que en la tradición del Nuevo Testamento.

Los aspectos filosóficos y antropológicos del trabajo como fuente de realización humana son deudores del humanismo cristiano y del personalismo del siglo XX. Y la conexión ética entre el trabajo y el desideratum del “salario justo” es igualmente un tópico de la doctrina social eclesiástica, adecuación, a su vez, de la doctrina tomista sobre esta materia como respuesta a la cuestión social desde finales del siglo XIX. Un análisis más detallado, y que repasase el curso seguido para la redacción de este número de Gaudium et spes, confirmaría éstas y otras tesis de procedencia diversa que confluyen en la doctrina católica actual sobre el trabajo humano.

El mero hecho de que el Concilio se pronunciase sobre esta materia, en continuidad con la llamada “doctrina social” de los papas anteriores, se valoró como logro y mérito indiscutible, y el párrafo en cuestión fue saludado diciendo que “la simpatía del Concilio está de parte de los trabajadores y de su dignidad humana” (Rahner y Vorgrimler). Haciendo suyas algunas reivindicaciones tradicionales del movimiento obrero occidental, los padres conciliares entendían ser fieles a la intención programática que les guiaba: resonaban en su corazón “el gozo y la esperanza, las lágrimas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos” (GS, 1).

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:
http://www.carlosdefoucauld.es/pdf/Boletin-179.pdf#page=51

Creado a la imagen de Dios (LG)


SANTA ES LA CRIATURA Y LA CREACIÓN PORQUE SANTO ES EL CREADOR

Toni Catalá, s.j.

Releer la LG después de 50 años es percibir una brisa fresca y reconfortante. El Vaticano II es una referencia ineludible para no desnortarnos en este mundo tan querido por el Dios de la Vida, Padre y Creador, y que nosotros tanto maltratamos.

Quiero empezar la reflexión teniendo presente que la mayoría de la criaturas en este mundo nuestro son victimas inocentes, son hombres y mujeres que por venir a este mundo nuestro se encuentran con que este mundo no es su casa y se siente privados de lo más elemental para subsistir y con su dignidad negada. Desde lo acontecido en Jesús de Nazaret que se vivió desde un Dios de Vivos y no de muertos, las victimas emergen en su radical dignidad. Jesús ama las criaturas más pequeñas y vulnerables, Jesús tiene una relación con los pequeños entrañable, sabe que sus ángeles de la guarda están contemplando todos los días el rostro del Padre del Cielo, son los preferidos, los protegidos, los amigos de Dios, por eso Jesús avisa muy seriamente que de ningún modo hay que despreciar a los pequeños. Despreciar a las criaturas pequeñas del Padre es despreciarlo también a Él.

Cuando se empieza a percibir la inocencia de las criaturas que sufren el sarcasmo y el desprecio de los satisfechos y orgullosos, cuando se empieza a percibir que la mayoría de las criaturas son masacradas para mantener el estatus, el dominio de los menos, entonces se empieza a percibir la santidad de los mártires inocentes. Se empieza a percibir que la profanación de la creación, la destrucción de la “obra de sus manos”, las víctimas masacradas son dolorosamente el permanente “testimonio” de un desajuste, de una ruptura, de un desenfoque no querido por el Amor Fundante de todo lo que existe.

Si las víctimas son inocentes es porque se percibe que de ningún modo el Dios Fuente de la Vida y Creador puede querer el sufrimiento de sus criaturas. La criatura es Santa porque Santo es el Creador. Lo primero es una creación buena y santa, el dialogo con la Fuente de la vida y de la felicidad es creativo, es manantial que no se agota, es alegría profunda, es el sentimiento de una Presencia que fundamenta, que acoge y guarda, que consuela. Lo primero, el fundamento de la creación, no es la caída, la pérdida, el dolor, lo primero es el diálogo amoroso, compañero del Criador con la criatura.

Este mundo no es un valle de lágrimas desde el inicio, en el que el Creador nos colocó para purgar un pecado de inicio, lo hemos convertido nosotros no ya en un valle de lágrimas sino en un valle de injusticias y dolor evitables si no perdiéramos de vista la bondad inicial de la creación. No es este mundo un lugar de caída desde cielos más altos por culpa de nuestro orgullo o engreimiento, no es el mundo ni la carne una cárcel cruel para sufrir y penar, no es el mundo algo para despreciar. Cuántos resentimientos, amarguras, frustraciones acumuladas que impiden el percibir limpiamente que nuestro Dios no es un sádico, no es un dios cruel, no es el justiciero inmisericorde.

Santidad es testimoniar que la Creación es obra del Dios de la Vida, cuidarla ante tanta amenaza, defenderla ante tanta depredación, sanarla ante tanta agresión es una obra Santa, una tarea digna de la criatura. Cuando la gente sin-tierra, sin derechos a que este mundo sea su casa y así poder disfrutarla y
cuidarla, cuando esta gente se siente extraña en la casa en la que el Creador colocó a sus criaturas, es de profetas y de santos reivindicar la obra del creador como la casa en la que todos tengan sitio. Profecía y testimonio se dan de la mano.  

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:

La Iglesia como Pueblo de Dios en el Concilio Vaticano II


Antonio Marco Pérez

Elegido Papa con 77 años, Juan XXIII concibió el Concilio Vaticano II como expresión de unidad de los cristianos, por ello el Concilio fue y es denominado Concilio Ecuménico. Juan XXIII era un hombre acostumbrado a trabajar y obtener buenos resultados en situaciones difíciles. El anuncio de convocatoria del Concilio Vaticano II provocó reticencias y naturalidad ante el mismo.

Muchos pensaban ¿para qué un Concilio? Pero la expresión italiana de aggionarmento, actualización, da muestras de la realidad concreta en que se encontraba la Iglesia católica aislada y ensimismada no solo frente al mundo contemporáneo sino también frente a otras religiones y frente a otras confesiones cristianas.

El Concilio comenzó el 10 de octubre de 1962, en él participaron 2500 Obispos, mientras en el Concilio Vaticano I participaron 750 obispos y en el Concilio de Trento poco más o menos que 250 obispos. Así que podemos constatar que existía una clara voluntad de representatividad de toda la Iglesia católica en él.

Por primera vez hubo observadores del Concilio, es decir que asistieron al mismo personas invitadas tanto cristianos de otras confesiones como creyentes de otras religiones. Esto era nuevo en la mentalidad eclesial, y no sólo participaron como observadores sino que se escucharon opiniones de los mismos observadores. Todo ello ha reforzado institucionalmente la necesidad del diálogo ecuménico e interreligioso.

El Concilio Vaticano II no se propuso condenar a quienes no siguen la doctrina cristiana, se procuró más bien una actitud de exposición del mensaje cristiano y este mensaje en un lenguaje no-académico ni eminentemente teológico especulativo, sino con una clara voluntad de ser un lenguaje claro de entender
por un lector no especialista en materias teológicas. Cristo y su presencia marcan la idea comprensiva que de Dios posee el catolicismo ante los nuevos tiempos.

El Vaticano II fue un concilio eminentemente pastoral en el que predominó el lenguaje bíblico y las referencias a los Santos Padres, sin dejar de denunciar los errores que se percibían, pero desde la intención, y principal preocupación, de proponer ante todo el mensaje evangélico como tarea principal del cristianismo desde un lenguaje personalista y no jurídico.

El Concilio Vaticano II puso de relieve, entre otras muchas tareas, la necesidad de la formación teológica seria del laicado más allá de las tradiciones culturales, sociales y familiares en que todos hemos recibido la fe cristiana. El laico está llamado al apostolado como cualquier otro cristiano, miembro del pueblo de Dios. Nada sustituye la lectura personal, directa, de los textos conciliares. Se propuso la seria necesidad de la formación teológica del laicado para lograr un pueblo de Dios integrado por una comunidad cristiana mayor de edad moral, humana y profesionalmente.

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:

Búsqueda de Dios en los avatares de la historia

Manuel Pozo Oller

Del “Syllabus” al Vaticano II

El año 1864 quedará en la historia de la Iglesia como el año en que ésta definió de manera clara su modo de estar en las modernas sociedades. El Syllabus recoge afirmaciones gruesas, que pasado el tiempo nos suenan extrañas, no hay más que leer el número 80 donde se rechaza globalmente el progreso y se niega que el Romano Pontífice haya de reconciliarse con el liberalismo y la cultura.

El Syllabus es una negación frontal del movimiento de emancipación liberal basado en la razón. Las consecuencias serían nefastas para el diálogo con el pensamiento y la cultura. “La Iglesia no sólo no debe polemizar nunca con la filosofía, sino que debe tolerar los errores de la misma y dejar que ellos mismos se corrijan”. En consecuencia la respuesta católica a la filosofía moderna no es ya desde dentro, sino retornando al método y a los principios de la Escolástica”. Toda esta reflexión se lleva a cabo desde el convencimiento de la posesión por parte de la Iglesia de un gran poder ético y decisorio que la configura como sociedad perfecta dotada de poder temporal y de una potestad intelectual, moral y jurídico política en la sociedad humana.

El Syllabus no se equivocó en el diagnóstico de la situación del momento pero, estamos convencidos, que erró en cuanto a la autocomprensión de la identidad y la misión de la Iglesia. La Iglesia, por tanto, a las puertas del II Concilio del Vaticano venía arrastrando problemas derivados del conflicto con la modernidad que tenían su origen en la lejana revolución francesa pero que han llegado hasta nuestros días. Son muchas las contradicciones a las que era necesario dar una respuesta.

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:

Oriente-Occidente, un testimonio actual de vida eremítica

Siguiendo la tradición del P. Estanislao M. Llopart, monje ermitaño benedictino de Montserrat, desde el año 1977 la Comunitat de Jesús tiene acondicionados unos espacios un poco separados del núcleo urbano de Tarrés, (pequeño pueblo de la comarca de Las Garrigues, provincia de Lérida) destinados para retiros en soledad y silencio. El conjunto se denomina eremitorio de la Santa Cruz (en recuerdo de la ermita donde vivió el P. Estanislao en Montserrat) y comprende dos espacios, la ermita de este nombre y la de san Antonio del Desierto.

Entre los pocos objetos que tenía el P. Estanislao en su ermita de la Santa Cruz de Montserrat, donde vivió entre finales del los años 60 e inicios de los 70, recuerdo la fotografía del abrazo de Pablo VI y el Patriarca Atenágoras del 4 de enero de 1964 en Jerusalén. El ermitaño nos hablaba de su deseo de la unidad de las Iglesias. Con motivo de este encuentro decía: “Como otras veces desde hace mucho tiempo, ayer y hoy he renovado el ofrecimiento de mi vida anacorética por la Unión de las Iglesias”.
 
El nos transmitió su espíritu ecuménico, nos hizo amar la Iglesia de Oriente y venerar los iconos en nuestras capillas. Desde el año 2007, un buen amigo cristiano ortodoxo hace sus retiros periódicos de silencio en la ermita de la Santa Cruz en Tarrés. El espíritu ecuménico y el deseo la unidad de las Iglesias del P. Estanislao, se manifiesta después de muchos años, con este encuentro de comunión entre miembros de las Iglesias de Oriente y Occidente en la ermita de Tarrés.

A petición del Equipo de Redacción del Boletín, hemos hecho unas preguntas a este cristiano ortodoxo para que comparta su experiencia en Tarrés. Respetamos su deseo de quedar en el anonimato, quiere ser “un ermitaño ocasional de la ermita de la Santa Cruz de Tarrés, un cristiano embelesado por el Evangelio”, tal como se define a sí mismo. A todos los que lean su testimonio les desea: “Paz y bien”.
 
JOAN FIGUEROLA

Enlace a la entrevista publicada en el Boletín Iesus Caritas 179:

Una Fraternidad Episcopal nacida en el Concilio

Rafael González Moralejo

Entre las varias iniciativas de grupos formados por Padres Conciliares que se reunieron durante el Concilio, con el fin de ayudarse mutuamente y trabajar en más estrecha cercanía que la posible en las grandes Congregaciones Generales hubo una cuya finalidad no fue el estudio sino la oración común y el
cultivo de la amistad fraterna entre los componentes del grupo que adoptó como suyas las grandes líneas de la espiritualidad del P. Foucauld. El grupo no sólo fue consolidándose durante las Cuatro Sesiones Conciliares, sino que cuajó en una estable y singular Fraternidad Episcopal.
 
Formado por un reducido número de obispos, desde el mismo principio del Concilio, comenzó a congregarse una tarde a la semana para dedicar una hora a la adoración del Santísimo Sacramento en la Capilla de Santa Ana del Vaticano; seguía luego un encuentro fraterno y amistoso que alguna vez tuvo que cambiar de lugar, pero que fue creciendo en número hasta llegar a los veinte Padres cuyo objetivo era intercambiar experiencias personales de su vida y su ministerio episcopal, sin otra finalidad que conocerse y edificarse mutuamente, a fin de poder ser más útiles a la misión recibida de la Iglesia con el episcopado, como fruto de su participación en el acontecimiento conciliar. 

Entre prelados “fundadores” del pequeño núcleo inicial - existían ya- desde antes del Concilio, algunos lazos de amistad. Algunos de ellos habían tomado contacto con la asociación sacerdotal “Jesus Charitas”, cuyo responsable por aquellas fechas era uno de los componentes del grupo, el obispo francés, Coadjutor de Orleans, Mons. Guy Riobé. Hubo otros tres, también franceses de origen, consagrados a la misión: uno en el África Sahariana, otro en el altiplano del Vietnan y el tercero en Camboya. El primero pertenecía a la Congregación de los Padres Blancos, y los otros dos al Instituto de Misiones Extranjeras de París. Dos más nos habíamos conocido en Tournai, participando
en los encuentros sobre la “descristianización del mundo obrero en Europa” y varios de ellos tenían en común el haber sido Capellanes Nacionales de la Juventud Obrera Católica (J.O.C.) en sus respectivos países. Otros, por razones de afinidad apostólica atrajeron hacia el grupo a algún antiguo colega. De este modo, el grupo se fue ampliando y se procuró que hubiera la mayor variedad en los países y continentes de origen, que hiciera posible el intercambio de experiencias y culturas diversas. De este modo, se incorporaron tres africanos nativos, uno de Ruanda, otro de Burundi y el tercero del Camerún francés. De hecho, la lengua gala fue nuestro principal vehículo de conversación, ya para los encuentros comunes durante el Concilio, ya posteriormente, cuando tuvimos ocasión de visitarnos o -como sucedió varias veces, años después del Concilio- congregarnos en la residencia de uno del grupo, durante algunos días, de amistosa convivencia y fraterna revisión de vida.

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:

Una gota de Agua en la inmensidad del mar

Fina Hernández

Terminando el año 1990 un grupo de personas de la comunidad de base del barrio del Espíritu Santo de Espinardo (Murcia) decidimos trabajar en nuestro barrio con la población inmigrante, que por aquel momento era importante, principalmente eran varones, solos, de nacionalidad senegalesa y algunas familias de Marruecos. 

Murcia Acoge había comenzado su andadura desde el mes de marzo de este mismo año, nos pusimos en contacto con ellos y pasamos a ser una delegación de la asociación ya creada, estuvimos trabajando con el colectivo en Espinardo hasta finales del año 1992 que decidimos unirnos a la delegación de Murcia ya que considerábamos que la cercanía a la ciudad y los servicios que se prestaban en Murcia eran más amplios que lo que estábamos realizando en nuestra delegación.

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:
http://www.carlosdefoucauld.es/pdf/Boletin-179.pdf#page=15 

Oración de San Anselmo de Canterbury


«Señor, mi Dios,
enseña en mi corazón dónde y cómo buscarte,
dónde y cómo encontrarte.
Señor, si no estás aquí,
¿dónde te buscaré estando ausente?
Si estás por todas partes,
¿cómo no descubro tu presencia?
Cierto es que habitas en una claridad inaccesible…
¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella?
¿Con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré?
Me creaste para verte,
y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado…
Enséñame a buscarte
y muéstrate a quien te busca.
Porque no puedo encontrarte
si tú no te manifiestas.
Deseando te buscaré,
buscando te desearé.
Amándote te hallaré,
y hallándote te amaré»

Publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:
http://www.carlosdefoucauld.es/Boletin/179/Iesus-Caritas-179.htm

A vino nuevo, odres nuevos

Antonio Rodríguez Carmona

Las costumbres tienen su cara positiva y negativa, positiva porque facilitan la realización de una acción y su transmisión, negativa porque existe el peligro de que se transmita solo la materialidad del acto, perdiéndose el espíritu y la motivación que lo originó. En este caso la costumbre deviene algo negativo, que convierte a la persona en esclava y autómata, sin saber qué hace. Cuenta Marcos (Mc 2,18-22) que criticaban a Jesús porque no iniciaba a sus discípulos en el ayuno, igual que lo hacían los discípulos de Juan Bautista y los maestros fariseos con los suyos. Para estos maestros la vida religiosa consiste en realizar una serie de prácticas religiosas y por ello van iniciando a sus discípulos en ellas. Jesús no sigue este camino. Para él lo primero es que sus discípulos descubran la paternidad de Dios que quiere reinar en ellos y en toda la humanidad y lo demás vendrá por añadidura. Esto es lo fundamental que tienen que aprender. Naturalmente, en la medida en que se va comprendiendo y viviendo este espíritu, tiene que manifestarse externamente en prácticas concretas, que son expresión de este espíritu. No es necesario que la práctica sea de nueva creación, lo importante es que se asuma desde el espíritu nuevo. En el caso concreto de la oración, se trataba de una práctica muy conocida por el pueblo judío, pero Jesús le imprime un espíritu nuevo, que nos lo enseña en la fórmula del Padrenuestro, todo él en torno a la paternidad de Dios y del Reino. Igual sucedía con el ayuno, una práctica conocida en Israel y fuera de él. Los discípulos de Juan y de los fariseos lo practicaban pidiendo que venga el mesías, para Jesús ya ha venido en su persona y por ello el tiempo presente es tiempo de alegría, tiempo de las bodas de Dios con la humanidad. Más adelante, será arrebatado el Esposo y entonces ayunarán sus discípulos, pero con un espíritu nuevo, como expresión de su arrepentimiento por no comportarse como hijos de Dios, viviendo las exigencias del Reino, y como forma de oración corporal, que asocia el hambre a su petición al Padre por el perdón y por las exigencias del Reino. Así ayuna la iglesia primitiva. Por ello a «vino nuevo, odres nuevos». Para Jesús el ayuno es expresión corporal de una persona que ama entrañablemente a Dios y expresa corporalmente su arrepentimiento por sus faltas de correspondencia a él y a los hermanos.

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179:

Boletín Iesus Caritas 179: Revelar el genuino rostro de Dios


Año 2013 (Octubre-Diciembre)


Revelar el genuino rostro de Dios

Editorial de Manuel Pozo Oller

Muchas cosas han cambiado en cinco décadas de apasionantes búsquedas en todos los campos del discurrir humano pero todavía siguen siendo actuales las preguntas que Juan XXIII hacía en la convocatoria del Concilio sobre la identidad y la misión de la Iglesia: "Iglesia, tú quién eres? Iglesia, ¿cuál es tu misión?" La Iglesia, ayer, hoy y siempre, siente la urgencia de servir a la humanidad y ofrece su mejor tesoro que es Jesucristo.

El "aggiornamento", la puesta al día para anunciar a Jesucristo en las entrañas del mundo, se convierte en todo un plan de trabajo para toda la Iglesia que exige creatividad al tiempo que escucha y docilidad a las mociones del Espíritu Santo.
Entendemos que la línea trasversal del Concilio no es otra que la preocupación por el anuncio de Jesucristo a todas las gentes. Podríamos definir la evangelización como el proceso total mediante el cual la Iglesia, pueblo de Dios, movida por el Espíritu, anuncia al mundo el Evangelio del reino de Dios; testimonia entre los hombres la nueva manera de ser y de vivir que tal Evangelio inaugura; educa en la fe a los que se convierten a Cristo; celebra en la comunidad de los que creen en él, mediante los sacramentos, la presencia del Señor Jesús y el don del Espíritu; e impregna y transforma con su fuerza todo el orden temporal. La evangelización tiene, pues, un destinatario que es el hombre concreto inserto en una cultura que le configura y le distingue.

El decreto conciliar "Ad gentes", nos resume el dinamismo de este proceso evangelizador en tres etapas básicas. La primera etapa consiste en la acción misionera con los no creyentes y los alejados de la fe, los que viven en la increencia o en la indiferencia religiosa, a fin de suscitar en ellos una inicial conversión de fe y de vida. En un sentido amplío, "acción misionera es todo lo que la Iglesia vive testimonialmente, anuncia explícitamente, y hace por el mundo (bajo forma de colaboración, denuncia, transformación,...), para establecer el reino de Dios y para que las personas comiencen a interesarse por Jesucristo y su Evangelio".

La segunda etapa consiste en la acción catequética con los que han optado por Cristo y su Evangelio, a fin de conducirlos a la madurez de una fe adulta. El bautismo es punto central de referencia y de renovación constante.

Por último, la tercera etapa, se centra en la acción pastoral con los fieles de la comunidad cristiana ya iniciados en la fe. Esta acción pastoral se centra básicamente en el servicio de la palabra, la celebración litúrgica de los sacramentos y la acción caritativa y social.

Juan Pablo II en la encíclica " Redemptorís míssío" completa y actualiza la situación descrita en "Ad gentes" distinguiendo tres situaciones de evangelización: La misión a los no cristianos, todavía, misión "ad gentes”: pueblos, grupos humanos y contextos socio-culturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos. La actividad o atención pastoral de la Iglesia a los fieles de las comunidades cristianas ya establecidas. Y, la nueva evangelización o re-evangelizacíón de los países de antigua cristiandad, donde grupos enteros de bautizados han perdido la fe o viven alejados de la práctica de la misma.

Nuestro BOLETÍN, con la modestia de nuestras reflexiones y contando con un espacio reducido, quiere aportar a la celebración del cincuentenario del inicio del Concilio algunos aspectos que tocan directamente a nuestra espiritualidad foucaldiana dedicando dos números al aniversario jubilar.

Enlace al Boletín:

Publicado en papel el Boletín Iesus Caritas 179


Año 2013 (Octubre-Diciembre)


Revelar el genuino rostro de Dios

Muchas cosas han cambiado en cinco décadas de apasionantes búsquedas en todos los campos del discurrir humano pero todavía siguen siendo actuales las preguntas que Juan XXIII hacía en la convocatoria del Concilio sobre la identidad y la misión de la Iglesia: "Iglesia, tú quién eres? Iglesia, ¿cuál es tu misión?" La Iglesia, ayer, hoy y siempre, siente la urgencia de servir a la humanidad y ofrece su mejor tesoro que es Jesucristo.

El "aggiornamento", la puesta al día para anunciar a Jesucristo en las entrañas del mundo, se convierte en todo un plan de trabajo para toda la Iglesia que exige creatividad al tiempo que escucha y docilidad a las mociones del Espíritu Santo.
Entendemos que la línea trasversal del Concilio no es otra que la preocupación por el anuncio de Jesucristo a todas las gentes. Podríamos definir la evangelización como el proceso total mediante el cual la Iglesia, pueblo de Dios, movida por el Espíritu, anuncia al mundo el Evangelio del reino de Dios; testimonia entre los hombres la nueva manera de ser y de vivir que tal Evangelio inaugura; educa en la fe a los que se convierten a Cristo; celebra en la comunidad de los que creen en él, mediante los sacramentos, la presencia del Señor Jesús y el don del Espíritu; e impregna y transforma con su fuerza todo el orden temporal. La evangelización tiene, pues, un destinatario que es el hombre concreto inserto en una cultura que le configura y le distingue.

El decreto conciliar "Ad gentes", nos resume el dinamismo de este proceso evangelizador en tres etapas básicas. La primera etapa consiste en la acción misionera con los no creyentes y los alejados de la fe, los que viven en la increencia o en la indiferencia religiosa, a fin de suscitar en ellos una inicial conversión de fe y de vida. En un sentido amplío, "acción misionera es todo lo que la Iglesia vive testimonialmente, anuncia explícitamente, y hace por el mundo (bajo forma de colaboración, denuncia, transformación,...), para establecer el reino de Dios y para que las personas comiencen a interesarse por Jesucristo y su Evangelio".
La segunda etapa consiste en la acción catequética con los que han optado por Cristo y su Evangelio, a fin de conducirlos a la madurez de una fe adulta. El bautismo es punto central de referencia y de renovación constante.
Por último, la tercera etapa, se centra en la acción pastoral con los fieles de la comunidad cristiana ya iniciados en la fe. Esta acción pastoral se centra básicamente en el servicio de la palabra, la celebración litúrgica de los sacramentos y la acción caritativa y social.

Juan Pablo II en la encíclica " Redemptorís míssío" completa y actualiza la situación descrita en "Ad gentes" distinguiendo tres situaciones de evangelización: La misión a los no cristianos, todavía, misión "ad gentes”: pueblos, grupos humanos y contextos socio-culturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos. La actividad o atención pastoral de la Iglesia a los fieles de las comunidades cristianas ya establecidas. Y, la nueva evangelización o re-evangelizacíón de los países de antigua cristiandad, donde grupos enteros de bautizados han perdido la fe o viven alejados de la práctica de la misma.

Nuestro BOLETÍN, con la modestia de nuestras reflexiones y contando con un espacio reducido, quiere aportar a la celebración del cincuentenario del inicio del Concilio algunos aspectos que tocan directamente a nuestra espiritualidad foucaldiana dedicando dos números al aniversario jubilar.

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