Boletín Iesus Caritas de Enero - Marzo de 2024Editorial
La virtud teologal de la esperanza es la gran olvidada. En la actualidad, además del olvido que sufre hay que añadir la herida provocada por la conciencia de poquedad y limitación que han generado en el ser humano las nuevas tecnologías, en especial, aquellas aplicadas a la comunicación con su horizonte casi sin límites que afecta a todos los ámbitos de la vida y, como no puede ser de otro modo, a la Iglesia que peregrina por el mundo aquí y ahora.
La iniciativa del Papa Francisco de dedicar el año 2025 a profundizar en esta virtud teologal es un acierto, no solo por la situación actual de desesperanza ante el futuro con las sombras de soledad, enfermedad, vejez, así como la preocupación por nuestro mundo con tantas amenazas y tantos conflictos y situaciones donde la humanidad se siente atenazada por el miedo a un conflicto nuclear, la contaminación de mares y ríos y la deforestación de bosques. En verdad, el futuro se presenta más como motivo de preocupación que como escenario de posibilidades, aunque por doquier encontremos personas de esperanza y signos de una nueva primavera en la humanidad.
La ilusión de un mundo feliz de hace unos años atrás en el mundo occidental se ha desmoronado hundiendo a una mayoría en la decepción y en una profunda crisis de realismo. ¿Dónde han quedado aquellos sueños de acabar con las injusticias allí donde las hubiera, el afán de eliminar las diferencias abismales entre pobres y ricos, la eliminación de la desigualdad entre el mundo desarrollado y los pueblos en vías de desarrollo?
En momento de crisis de un modelo de civilización como el presente, después de la ruina moral y económica de la pandemia, se constata con desconcierto que la distancia entre los empobrecidos y los ricos cada día es mayor además de todas las corrupciones imaginables de fraudes, corrupciones y propuestas consumistas programadas que nos unifican en la mediocridad y que, al fin y a la postre, manifiestan la crisis moral y la nueva esclavitud.
No pretendo en manera alguna sembrar desesperanza, pero si espolear nuestro ánimo para volver a lo esencial. En tres ejes axiales describiré esquemáticamente las fuentes donde ha de beber nuestra esperanza:
1.El deseo de Dios es un componente esencial de la esperanza cristiana. Esperamos a Dios. Cuando buscamos la plenitud, aun sin saberlo, estamos buscando a Dios: “Dios mío, te busca todo mi ser, tengo sed del Dios vivo” (Sal 42). La esperanza no es sinónimo de sueño irrealizable porque Dios promete y se compromete.
2. Cristo resucitado es nuestra esperanza. En nuestro entorno, a poco que contemplemos, encontramos semillas de esperanza: iniciativas en favor de la paz, proyectos ecológicos, defensa de los excluidos, programas de promoción, … Miremos el mundo con los ojos de Dios.
3. En la Iglesia florecen, entre otros lugares, las semillas del Reino ya comenzado. Al servicio del Reino de Dios, vive la Iglesia que tiene vocación de servidora, a través de la Palabra (evangelización), por el Servicio (caridad), la apertura a los valores que nos sobrepasan (celebración).
El número del BOLETÍN que te ofrecemos es una oportunidad para reavivar nuestra esperanza volviendo a las fuentes –Sagrada Escritura y Magisterio- leídas y oradas en comunidad. Para esta tarea la familia foucauldiana tiene unos referentes extraordinarios como lo son la Hermanita Magdeleine, René Voillaume y Carlo Carretto y actualmente los testimonios de “los santos de la puerta de al lado” y que con toda modestia recogemos en la sección de testimonios y experiencias.
En las páginas para la oración hemos querido recoger la catequesis del Papa y sus ecos y, al tiempo, informar de algunos encuentros de los pasados meses que muestran el hoy de nuestro caminar fraterno. También se añaden algunas oraciones y textos que pueden iluminar nuestra oración con semillas de esperanza.
Manuel Pozo Oller
Director
