Hoy pasé gran parte de la mañana en el Módulo al que voy todas las semanas a celebrar la Eucaristía. Llovía y esto hizo que los internos estuviesen en el hall y comedor contiguo y no en el patio como de costumbre. Algunos jugaban a las cartas aprovechando las mesas del comedor. Unos pocos, cabizbajos y silenciosos, como hundidos en profundo abatimiento, permanecían sentados en los primeros peldaños de la escalera que da a las dos plantas donde tienen los chabolos. Los más, de pie, parados o moviéndose de un lado para otro, hablaban entre ellos. El vocerío era grande. Demasiado estrecho este espacio para ciento veinte hombres y demasiadas horas de aburrimiento con demasiados problemas en la cabeza de todos
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