Antonio Marco Pérez
Elegido Papa con 77 años, Juan XXIII concibió el Concilio Vaticano II como expresión de unidad de los cristianos, por ello el Concilio fue y es denominado Concilio Ecuménico. Juan XXIII era un hombre acostumbrado a trabajar y obtener buenos resultados en situaciones difíciles. El anuncio de convocatoria del Concilio Vaticano II provocó reticencias y naturalidad ante el mismo.
Muchos pensaban ¿para qué un Concilio? Pero la expresión italiana de aggionarmento, actualización, da muestras de la realidad concreta en que se encontraba la Iglesia católica aislada y ensimismada no solo frente al mundo contemporáneo sino también frente a otras religiones y frente a otras confesiones cristianas.
El Concilio comenzó el 10 de octubre de 1962, en él participaron 2500 Obispos, mientras en el Concilio Vaticano I participaron 750 obispos y en el Concilio de Trento poco más o menos que 250 obispos. Así que podemos constatar que existía una clara voluntad de representatividad de toda la Iglesia católica en él.
Por primera vez hubo observadores del Concilio, es decir que asistieron al mismo personas invitadas tanto cristianos de otras confesiones como creyentes de otras religiones. Esto era nuevo en la mentalidad eclesial, y no sólo participaron como observadores sino que se escucharon opiniones de los mismos observadores. Todo ello ha reforzado institucionalmente la necesidad del diálogo ecuménico e interreligioso.
El Concilio Vaticano II no se propuso condenar a quienes no siguen la doctrina cristiana, se procuró más bien una actitud de exposición del mensaje cristiano y este mensaje en un lenguaje no-académico ni eminentemente teológico especulativo, sino con una clara voluntad de ser un lenguaje claro de entender
por un lector no especialista en materias teológicas. Cristo y su presencia marcan la idea comprensiva que de Dios posee el catolicismo ante los nuevos tiempos.
El Vaticano II fue un concilio eminentemente pastoral en el que predominó el lenguaje bíblico y las referencias a los Santos Padres, sin dejar de denunciar los errores que se percibían, pero desde la intención, y principal preocupación, de proponer ante todo el mensaje evangélico como tarea principal del cristianismo desde un lenguaje personalista y no jurídico.
El Concilio Vaticano II puso de relieve, entre otras muchas tareas, la necesidad de la formación teológica seria del laicado más allá de las tradiciones culturales, sociales y familiares en que todos hemos recibido la fe cristiana. El laico está llamado al apostolado como cualquier otro cristiano, miembro del pueblo de Dios. Nada sustituye la lectura personal, directa, de los textos conciliares. Se propuso la seria necesidad de la formación teológica del laicado para lograr un pueblo de Dios integrado por una comunidad cristiana mayor de edad moral, humana y profesionalmente.
Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179: