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Evangelizar en un mundo en cambio


Algunas notas sobre el sentido y el modo de plantear la evangelización en nuestro mundo.                                            

Boletín Iesus Caritas 183

En las huellas del Hermano Carlos

Christian Salenson



En el encuentro de los Hermanos del Evangelio en Francia, el profesor Christian Salenson, director del Instituto Superior de Teología de las Religiones, pronunció dos conferencias sobre el sentido y el modo de plantear la evangelización en el mundo actual en cambio. Ofrecemos algunas notas de las conferencias.

Contra posibles escollos, un balance positivo y una mirada arraigada en la fe. La Iglesia como madre se alegra. Éste es el significado del Magnificat, suscitado por el encuentro entre María e Isabel. Isabel es figura de la humanidad que revela a María el cántico de acción de gracias que surge en el Magnificat. Es la mirada de la fe que se abre a la esperanza más allá de toda expectativa y de todo tipo de esperanza.

Es en este contexto (teológico) en el que vivimos el actual trastorno de la humanidad. Este trastorno no sólo es cultural sino también conlleva en sí un cambio de civilización. En un contexto diferente al nuestro. El testimonio de figuras como el hermano Carlos, Christian de Chergé nos interpela en este sentido. 
Para leer el artículo completo:

La Conciliariedad en la Iglesia: gozos y esperanzas, tristezas y angustias

Montse Escribano

Las celebraciones nos permiten recordar al menos dos cosas. Por un lado, la importancia que tuvo un determinado acontecimiento y por otra, valorar también aquello que acaeció viendo los efectos que provocó hasta nuestros días. Éstas son algunas de las posibilidades que nos ofrece hoy el aniversario del Concilio Ecuménico Vaticano II.
 
Todo comenzó porque hubo un papa, que tras ser elegido, no esperó mucho tiempo y en tan solo tres meses anunció, en un sencillo discursetto frente a los cardenales de la iglesia, que iba a inaugurar un Concilio. La sorpresa fue mayúscula. Su nombre era Angelo Guiseppe Roncalli y desde su nombramiento decidió soñar otra realidad para la Iglesia. Era un hombre confiado y que miraba con respeto la vida. Desde sus ventanas pontificias podía observar la ciudad de Roma. Un día, según dicen, le llamaron la atención las personas que iban de arriba abajo, pensó en sus alegrías y esperanzas, y en la necesidad que aquellos hombres y mujeres tenían de escuchar palabras luminosas. Entonces sintió una profunda compasión por todos ellos. Esto le hizo entender la urgencia por los cambios y decidió, aquella tarde, dejar las ventanas abiertas no sólo para que entrara el ponentino, que de vez en cuando acariciaba la ciudad, si no para que lo hiciera el viento arrasador del Espíritu Santo que renueva todo cuanto existe.

Aquel papa Juan XXIII habló de luz, de reformas, de misericordia, de diálogo y recordó que la Iglesia entera había de volver su mirada hacia Jesús de Nazaret para renovar sus energías, orientar su existencia y así ser buena noticia para el mundo entero. Su intención era clara: quería un concilio pastoral y ecuménico. Para poder hacerlo realidad fueron invitados todos los cardenales,
patriarcas, arzobispos, alrededor de 2.450 obispos, superiores mayores de las congregaciones religiosas masculinas más numerosas, algunos teólogos que actuaron de peritos y por primera vez en la historia, representantes de otras confesiones religiosas e iglesias cristianas, a los que ahora ya no se miraba como condenados, sino como hermanos. Poco a poco, este acontecimiento eclesial fue madurando, desplegándose y haciéndose realidad. El teólogo dominico Yves Congar señaló que: “En unas cuantas semanas, Juan XXIII y después el Concilio crearon un nuevo clima eclesial. La principal apertura había venido de arriba. De pronto, las fuerzas renovadoras, que apenas podían manifestarse abiertamente, podían desarrollarse libremente”. Durante esos años, la iglesia católica se convirtió, por vez primera, en foco de noticias que hablaban de cambios, novedades, incertidumbres y posibilidades, no solo para los y las católicas sino para el mundo entero.

Leer el artículo completo:

A vino nuevo, odres nuevos

Antonio Rodríguez Carmona

Las costumbres tienen su cara positiva y negativa, positiva porque facilitan la realización de una acción y su transmisión, negativa porque existe el peligro de que se transmita solo la materialidad del acto, perdiéndose el espíritu y la motivación que lo originó. En este caso la costumbre deviene algo negativo, que convierte a la persona en esclava y autómata, sin saber qué hace. Cuenta Marcos (Mc 2,18-22) que criticaban a Jesús porque no iniciaba a sus discípulos en el ayuno, igual que lo hacían los discípulos de Juan Bautista y los maestros fariseos con los suyos. Para estos maestros la vida religiosa consiste en realizar una serie de prácticas religiosas y por ello van iniciando a sus discípulos en ellas. Jesús no sigue este camino. Para él lo primero es que sus discípulos descubran la paternidad de Dios que quiere reinar en ellos y en toda la humanidad y lo demás vendrá por añadidura. Esto es lo fundamental que tienen que aprender. Naturalmente, en la medida en que se va comprendiendo y viviendo este espíritu, tiene que manifestarse externamente en prácticas concretas, que son expresión de este espíritu. No es necesario que la práctica sea de nueva creación, lo importante es que se asuma desde el espíritu nuevo. En el caso concreto de la oración, se trataba de una práctica muy conocida por el pueblo judío, pero Jesús le imprime un espíritu nuevo, que nos lo enseña en la fórmula del Padrenuestro, todo él en torno a la paternidad de Dios y del Reino. Igual sucedía con el ayuno, una práctica conocida en Israel y fuera de él. Los discípulos de Juan y de los fariseos lo practicaban pidiendo que venga el mesías, para Jesús ya ha venido en su persona y por ello el tiempo presente es tiempo de alegría, tiempo de las bodas de Dios con la humanidad. Más adelante, será arrebatado el Esposo y entonces ayunarán sus discípulos, pero con un espíritu nuevo, como expresión de su arrepentimiento por no comportarse como hijos de Dios, viviendo las exigencias del Reino, y como forma de oración corporal, que asocia el hambre a su petición al Padre por el perdón y por las exigencias del Reino. Así ayuna la iglesia primitiva. Por ello a «vino nuevo, odres nuevos». Para Jesús el ayuno es expresión corporal de una persona que ama entrañablemente a Dios y expresa corporalmente su arrepentimiento por sus faltas de correspondencia a él y a los hermanos.

Enlace al artículo completo publicado en el Boletín Iesus Caritas 179: