Gracias a los vecinos, el Hno. Carlos se va recuperando poco a poco. Lo vive como un horizonte nuevo en su vida.
DESDE LA PALABRA
André Berger, Hermano del Evangelio
“Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que construir. Poner los ojos en el futuro, hacia donde el Espíritu los impulsa para seguir haciendo con nosotros grandes cosas”. (FRANCISCO, Reflexión sobre la vida religiosa)
Cuando el Hno. Carlos muere asesinado en Tamanrasset el 1 de diciembre 1916, se encuentra solo a pesar de haber tenido el deseo continuo de tener compañeros y de compartir con otros su camino y su opción de vida siguiendo las huellas de Jesús de Nazaret.
De todos sus proyectos de fundación de una comunidad “al estilo de Nazaret”, lo único que ha cogido cuerpo es el proyecto de la Asociación abierto a sacerdotes y laicos que reúne en el momento de su muerte, a unos 49 miembros. A partir de 1909 dedica tiempo y esfuerzos para dar forma a este proyecto aprovechando su correspondencia numerosa y sus tres viajes a Francia. Pero en el momento de su muerte la Asociación está todavía en sus comienzos y no tiene ningún reconocimiento oficial.
En Tamanrasset, a principios de 1908, un ataque de escorbuto deja al Hno. Carlos sin fuerzas durante varios meses. En su cuaderno anota: “Me encuentro enfermo, he tenido que interrumpir mi trabajo: Jesús, María, José os confío, mi alma, mi espíritu y mi vida”.
A su alrededor se vive una realidad de hambruna grave. El 21 de enero de 1908 escribe en un carta a su prima Marie de Bondy: “Se vive un año difícil en el país: diecisiete meses sin una gota de agua; es la hambruna total en un país que vive principalmente de leche y más para los pobres que viven exclusivamente de leche. Las cabras están más flacas que nunca y secas como la tierra, y la gente como las cabras”. Para paliar la hambruna, el Hno. Carlos ha compartido sus reservas de comida con los más necesitados y él también se encuentra en una gran escasez. A este hecho se juntan su cansancio a causa de su exceso de trabajo, su falta de sueño, su desánimo... y cae enfermo, el escorbuto termina de agotarlo. Sus vecinos y amigos del lugar reaccionan y colectan en los alrededores la poca leche que se puede encontrar para asistir y sanar al “marabout”. Así, gracias a los vecinos, el Hno. Carlos se va recuperando poco a poco y se restablece. Él lo vive como un horizonte nuevo en su vida. Entiende de repente en su propia carne todo lo que implica encontrarse como él que ha necesitado “ser asistido y ayudado por los pobres” cuando se percibía hasta este momento como el que “ayudaba y asistía a los pobres”.
Leer el artículo completo: