Montse Escribano
Las celebraciones nos permiten recordar al menos dos cosas. Por un lado, la importancia que tuvo un determinado acontecimiento y por otra, valorar también aquello que acaeció viendo los efectos que provocó hasta nuestros días. Éstas son algunas de las posibilidades que nos ofrece hoy el aniversario del Concilio Ecuménico Vaticano II.
Todo comenzó porque hubo un papa, que tras ser elegido, no esperó mucho tiempo y en tan solo tres meses anunció, en un sencillo discursetto frente a los cardenales de la iglesia, que iba a inaugurar un Concilio. La sorpresa fue mayúscula. Su nombre era Angelo Guiseppe Roncalli y desde su nombramiento decidió soñar otra realidad para la Iglesia. Era un hombre confiado y que miraba con respeto la vida. Desde sus ventanas pontificias podía observar la ciudad de Roma. Un día, según dicen, le llamaron la atención las personas que iban de arriba abajo, pensó en sus alegrías y esperanzas, y en la necesidad que aquellos hombres y mujeres tenían de escuchar palabras luminosas. Entonces sintió una profunda compasión por todos ellos. Esto le hizo entender la urgencia por los cambios y decidió, aquella tarde, dejar las ventanas abiertas no sólo para que entrara el ponentino, que de vez en cuando acariciaba la ciudad, si no para que lo hiciera el viento arrasador del Espíritu Santo que renueva todo cuanto existe.
Aquel papa Juan XXIII habló de luz, de reformas, de misericordia, de diálogo y recordó que la Iglesia entera había de volver su mirada hacia Jesús de Nazaret para renovar sus energías, orientar su existencia y así ser buena noticia para el mundo entero. Su intención era clara: quería un concilio pastoral y ecuménico. Para poder hacerlo realidad fueron invitados todos los cardenales,
patriarcas, arzobispos, alrededor de 2.450 obispos, superiores mayores de las congregaciones religiosas masculinas más numerosas, algunos teólogos que actuaron de peritos y por primera vez en la historia, representantes de otras confesiones religiosas e iglesias cristianas, a los que ahora ya no se miraba como condenados, sino como hermanos. Poco a poco, este acontecimiento eclesial fue madurando, desplegándose y haciéndose realidad. El teólogo dominico Yves Congar señaló que: “En unas cuantas semanas, Juan XXIII y después el Concilio crearon un nuevo clima eclesial. La principal apertura había venido de arriba. De pronto, las fuerzas renovadoras, que apenas podían manifestarse abiertamente, podían desarrollarse libremente”. Durante esos años, la iglesia católica se convirtió, por vez primera, en foco de noticias que hablaban de cambios, novedades, incertidumbres y posibilidades, no solo para los y las católicas sino para el mundo entero.
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