Michel Lafon
“Dios mío, tú nos presentas un ancla a la que podemos atar nuestra alegría, y atarla de tal modo que nada nos la pueda arrebatar: esta ancla es la alegría de tu felicidad. Por malo, miserable, ingrato, frío y sin amor que yo sea [...], tú eres eternamente feliz; eres feliz, y eso es todo lo que me hace falta. Eres feliz, así que soy bienaventurado. Eres feliz, así que no me falta nada. Eres feliz, Dios mío, y me siento contento”.
“Pensemos en nuestras faltas para lamentarlas amargamente y humillarnos por ellas... [...] El amor a Dios sufre de ver a la divinidad ofendida, pero luego recuerda que Dios es Dios, que es infinitamente feliz [...] Podrá recordar más tarde esta ofensa para seguir arrepintiéndose, pero recordarla en la oración...sin turbación, con plena posesión de uno mismo… Ya no será un dolor que agita el alma todo el día. Este dolor inquieto y desordenado proviene del amor por uno mismo y del orgullo, que no se resigna a haber faltado. La pesadumbre serena, tranquila, que sufre pero se reafirma en la idea de la perfección y de la felicidad de Dios y que pone en ello toda su alegría... esa pesadumbre procede del amor a Dios”.
“Cuando nos sentimos tristes, defraudados por nosotros mismos, por los demás y por las cosas, pensemos que Jesús es glorioso, que está sentado a la derecha del Padre, bienaventurado por siempre, y que si lo amamos como debemos, la suma felicidad del ser infinito debe arrasar infinitamente en nuestras almas sobre la tristeza que procede de los males de los seres finitos y que, en consecuencia, ante la visión de la felicidad de nuestro Dios, nuestra alma debe entrar en el júbilo y las penas que la angustian deben desaparecer como las nubes ante el sol”.
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